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Me gustas siempre Enero 10, 2008

Posted by Marta in Letras con nombre propio.
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Desde que mi escritorio está libre, lo ocupa algunas tardes para hacer sus deberes. Le gusta estar entre mis cosas, trastear con mis discos, revisar mis fotos y enredar en mis libros.

Por la noche, al llegar a casa, encuentro su cuaderno de Lengua y Literatura abierto sobre mi mesa. Los agobios y presiones se disuelven en su caligrafía, suave, limpia y clara. Se van los minutos pasando las hojas.

Hace varios cursos que el profesor les enseña una poesía cada trimestre que deben memorizar. Han resonado entre estas paredes mil veces ya mil poemas. Todos. Manrique, Quevedo, Espronceda, Calderón, Goytisolo…

Nano los ensaya por el pasillo, sólo cuando cree que nadie lo escucha. Yo le oigo casi escondida -embobada-: el sonido rítmico y dulce de su voz. Sabe hacerlo bien.

La última página escrita me descubre que este mes aprende Neruda. Y, como por arte de magia, ya no puedo moverme: se queda conmigo, me la quedo.

  

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,

y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado

y parece que un beso te cerrara la boca.

 

Como todas las cosas están llenas de mi alma

emerges de las cosas, llena del alma mía.

Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,

y te pareces a la palabra melancolía.

  

Me gustas cuando callas y estás como distante.

Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.

Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:

déjame que me calle con el silencio tuyo. 

  

Déjame que te hable también con tu silencio

claro como una lámpara, simple como un anillo.

Eres como la noche, callada y constelada.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

  

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.

Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

Una palabra entonces, una sonrisa bastan.

Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto “.

  

  

  

Me gustas siempre. Hasta cuando creo que no te soporto más. Cuando callas hablando o hablas callando. Porque lo haces, sí, tan a menudo que ya no sé diferenciar lo que dices de lo que te guardas. Y yo, que quisiera cada vez guardarme menos, cómo podría mostrarte que apenas nada me importa: nada más que lo importante.