Me persigue Enero 19, 2008
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Viernes.
La radio me ha sacado de la cama a las siete y cuarto con una canción. Qué caprichos los de la neurona, que se apropia de una melodía y no la suelta: la he tarareado en el desayuno, en la ducha y al salir a la calle.
Dos aceras más allá, me ha vuelto a sorprender: esta vez, escapándose por la puerta de una tienda. Y he creído -ahora lo sé- que me ha seguido aún después.
Me ha terminado pareciendo excesiva la reiteración. Hasta cómica: también he escuchado la canción en el banco y en el autobús. Y al regresar a casa y entrar en la cocina, subía desde alguna ventana abierta del patio.
Curiosamente inexplicable tanta insistencia. No sé, quizá debiera preocuparme. Pero no, no tengo la mínima intención.
Sábado.
Hoy me escapo de todo lo que me persigue. Lo dejo aquí, en cajones, armarios y perchas. Me marcho fuera, a pasar un día sin rumbo fijo, entre la carretera, la mar y la montaña.
Cargaremos en el maletero las botas de monte y las polainas, las zapatillas de deporte, algo de ropa de recambio -nunca se sabe, nunca se sabe-, la victorinox, la mochila… Pondremos la música alta y rodaremos cantando-desafinando- hasta que no nos quede voz en la garganta.
Sin más planes que la improvisación alocada: caminar, hacer fotografías, descubrir rincones apartados, comer en algún lugar perdido. Y beber a la salud de todo lo que se nos ocurra.
Supongo que a la vuelta, esperará para asaltarnos lo que sea que hemos burlado. No se puede huir eternamente aunque algunas veces creamos que en realidad es lo que queremos.
Pero mientras no sea la hora de regresar, que ni se atrevan a intentarlo: hoy, hoy no nos paran.

