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Carola abril 30, 2007

Posted by Marta in Bilbao.
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Carola Carola vigila, desde sus sesenta metros de altura, los muelles y los diques en la antigua casa de bombas. Hoy ese lugar se ha convertido en el museo marítimo pero ella hace como si no lo supiera y monta guardia permanente, sea de día o de noche, haga frío o calor.

Es la única grúa que queda en pie de aquel mar infinito de jirafas de hierro que poblaban las márgenes de la ría -sobre todo la izquierda, la industrial, la de los Altos Hornos- desde Bilbao hasta el Abra.

Carola 2 Sigue en el mismo lugar, allí donde la colocaron al construir los Astilleros de Euskalduna pero ahora limpia y repintada con un rojo brillante. Con la cabina de madera cuidadosamente reconstruida, se luce coqueta, sabedora de que todos la miran y más aún con la puesta de sol porque su silueta se recorta perfecta sobre los naranjas de las nubes, contra los montes verdes y la curva de la ría. 

Parece tan presumida como aquella mujer de quien recibió el nombre. Cuentan que Carola, alta, bella y graciosa, cruzaba a diario por esos muelles y que todos los trabajadores de los astilleros le jaleaban y silbaban a su paso. 

Hace muchos años que Carola no se mueve ni iza pesadas cargas pero trae -a su manera- ecos del pasado industrial de la ciudad, aromas a carbón y a hierro, humos y vapores, nubes oscuras. Aún hay un puñado de grúas como ella funcionando en La Naval de Sestao, en Santurce, en el Super Puerto… pero ésas quedan más lejos y es Carola la que nos reclama echar la mirada atrás, un recuerdo a lo que fuimos porque, consecuencia de ello, es lo que somos.

Esto es lo que hay y… así nos va abril 28, 2007

Posted by Marta in Bilbao.
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Llega el fin de semana o, lo que es lo mismo, una mezcla de planes nuevos o improvisados, otros absolutamente fijos, que se repiten invariablemente como una ceremonia y los deportivos que son prácticamente imprescindibles. Y sí, también la liga de fútbol: este viacrucis semanal que nos lleva por el camino de la amargura, hacia un lugar absolutamente desconocido para nosotros… ¿Nos tocará mudarnos allá la próxima temporada? 

“Un hombre de Bilbao va a San Sebastián a una comida de negocios. Al terminar y despedirse de los socios, se monta en el coche y le entra un sopor tremendo de manera que, saliendo de la ciudad, aparca en un campo lleno de ovejas dispuesto a echar una cabezada. De pronto, oye cómo alguien golpea en el cristal de la ventanilla. Abre un ojo y ve al pastor del rebaño. Sale del coche y entablan conversación. Dice el bilbaino: 

Si adivino cuántas ovejas tiene, me quedo con la que yo quiera. 

El pastor cree imposible que el hombre pueda calcularlo y acepta el reto. El bilbaino echa un vistazo al rebaño y dice: 

 Tiene usted 639 ovejas. 

El campesino impresionado por la exactitud del cálculo, le deja escoger una. Seguido,se dirige al bilbaino: 

 Oiga, ahora soy yo el que le propone un trato: si adivino a qué se dedica, me devuelve la oveja. 

El hombre responde afirmativamente con plena confianza en que el pastor nunca podría acertarlo.  Usted es ojeador del Athletic   ¡¡Por Dios!! ¿Y cómo lo ha sabido? 

Porque es muy bueno con los números pero cuando le he permitido elegir una oveja de mi rebaño, ha escogido usted al perro”.

Sueño estallado contra el piso abril 25, 2007

Posted by Marta in La vida misma.
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Extraña montar a caballo. No lo dice pero es así. Aunque apenas nunca habla de ello, las pocas veces que surge en una conversación, con sólo media sonrisa se le ilumina la cara y un brillo especial, como de nostalgia, le inunda los ojos. 

A pesar del tiempo que ha pasado desde entonces, todavía echa de menos el ritual de aquellos sábados de madrugón en los que se ponía con esfuerzo los pantalones ajustados. Cogía los guantes y el casco y salía de casa, sin apenas desayunar, camino del club hípico. Llevaba las botas siempre impecables con la fusta metida en una de sus cañas.

A esas horas la calle estaba desierta. Caminaba silbando y disfrutaba de esa soledad tempranera, muy fría y húmeda, tan típica de esta tierra. Se sentía importante vestida de esa guisa, tan peculiar, tan elegante.La vuelta a casa, en cambio, le resultaba menos grata: la ciudad estaba a mediodía muy espabilada, demasiado. Y su indumentaria llamaba poderosamente la atención, sobre todo al pasar por delante de los bares, repletos de gente tomando el aperitivo. 

Mientras fue alumna de las clases de tanda, los ejercicios eran tan repetitivos que, a las pocas series, se había aburrido: vueltas sin fin al picadero adoptando las más diversas, curiosas y absurdas posturas. Pero no le importaba: sólo esperaba que llegaran los últimos diez minutos, los de galope. Entonces sí daba igual cuáles fueran los ejercicios: no podía evitar, aunque lo intentara, que se le escapara la risa, una risa sonora y llena.  Cuando empezó a entrenar con los mayores, la situación le parecía incomparable; se sentía a otro nivel, empezando por el de los caballos: aquéllos a los que no se podía subir sin ayuda. Andrés tenía que poner su mano a modo de estribo y empujar con fuerza para que lograra alcanzar aquella grupa altísima. Las vistas desde allá arriba cambiaban radicalmente. Cuenta, divertida, que por más que lo intentaba, no lograba recordar alguno de sus nombres puesto la mayoría eran larguísimos, eternos y casi siempre, en francés.  Puede sonar a metáfora gastada pero montar uno de esos caballos era como cabalgar a lomos del viento, sin apenas notar el impacto sucesivo de los cascos contra el suelo. Las jornadas eran agotadoras por la exigencia, el grado de concentración, el esfuerzo… pero no olvida la sensación de ir adherida a la silla, con una cadencia tranquila y segura. Y cuando llegaba el momento del salto, la tensión era máxima pero dos segundos en el aire, se convertían en eternidad e instante a la vez. 

El último día, Segoviano estaba nervioso. Nunca se caracterizó por obedecer a su jinete, ni siquiera a Andrés, pero aquella mañana resultaba casi imposible de controlar. Poco antes de terminar el entrenamiento, había logrado agotarle a fuerza de galopar en pequeños círculos y le pareció preparado para saltar. Enfilaron el circuito, encararon el primer reparo y ella cedió las riendas, levantándose. En ese instante, el caballo rehusó con un movimiento imposible hacia un costado y voló proyectada entre sus orejas. Cayó al suelo y Segoviano le pasó por encima. Sintió un dolor agudo en la espalda y en el cuello pero sobre todo, en el orgullo. Andrés le ayudó a incorporarse y a montar de nuevo y aún pudo mantenerse sobre la grupa un rato más.

Esa mañana, al levantarse, apenas le separaban dos semanas de la federación oficial y de su primera competición. Al mediodía, una lesión cervical y el final de un sueño. 

Aunque tú no lo sepas abril 23, 2007

Posted by Marta in Jukebox.
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Parte de la banda sonora de mi vida la monopoliza el maestro Quique González, que se hizo su hueco en mi archivo musical hace ya unos pocos años, con aquel temprano “Personal”, cuando yo aún iba al colegio y no le conocía tanta gente. Hoy -sin duda por su enorme talento y no por mi pesada insistencia- he acabado contagiando mi pedal a unos cuantos. ;) 

En su momento, escribió una canción para su tocayo Enrique Urquijo, basada en un poema de Luis García Montero, “Aunque tú no lo sepas”. Urquijo la grabó con “Los problemas” y, después de la muerte de la mitad de “Los Secretos” en 1999, Quique versionó su propia letra en “Pájaros mojados” y hace el año pasado, en “Ajuste de cuentas”. Como suele ocurrir con You tube, la calidad no es muy buena pero el primer video es una actuación de Quique y Enrique cantándola a dúo.

  

  

El segundo es un mensaje de ánimo para Verónica porque mañana a las tres ha de pasar un trámite complicado y decisivo que le tiene muy nerviosa. Es una actuación grabada en Leioa, el conciertazo del pasado noviembre, durante aquellas casi tres horas inolvidables de música, oscuridad y risas. Sigo siendo la chica del monovolumen y aún a veces, aparece ese viejo Ford Capri en el retrovisor.

  

Mañana es lunes… abril 22, 2007

Posted by Marta in La vida misma.
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No sé si les ocurre como a mí pero tengo una capacidad nula para disfrutar de los domingos después de la hora de comer. Miren que lo intento pero no hay manera: es como si me deslizara por un tobogán que termina depositándome -soñolienta- en una nueva semana. Padezco el “síndrome pre-lunes” y, aunque es de intensidad y manifestación variable, me ataca irremediablemente todos los domingos (de lo que deduzco su naturaleza crónica).

Si los siete días que se avecinan se asoman bravos y cargados de asuntos complicados o molestos, el síndrome se presenta desde horas más tempranas, me roba el apetito y la calma y me obliga a buscar salidas para no dejarme arrastrar por el desánimo. Y para no caer antes de haber enfrentado lo que todavía no ha llegado. 

No sé si les ocurre como a mí pero las últimas horas del día van asociadas a movimientos automáticos y concretos. Dejar atados cabos sueltos que quedaron pendientes ayer, planchar alguna camisa rezagada, escuchar el partido del Athletic (que no verlo, que es peor), preparar la cena… y finalmente, cuando sólo queda asumir que, tras la noche, quitaré el celofán a una nueva semana, una de las vías para vacunarme contra el odioso pre-lunes es recordar pequeños grandes momentos, compañías agradables o aventuras divertidas. 

Hace un rato, he estado rescatando el último viaje a Mal Pas; mirando las fotos y añorando aquéllos días; repasando mentalmente la brisa mediterránea, el sol de agosto, la alegría del verano, mil y un atardeceres, tan distintos, a cada cual más bello… Ha dado resultado: una inyección de moral. Quizá sea una tontería que cuelgue aquí un ejemplo pero, desde luego, a nadie van a hacerle mal… 

¡Feliz semana a todos!

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