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Yéndose abril 1, 2007

Posted by Marta in La vida misma.
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La última vez que vi a la abuela fue el 30 de diciembre. Pero ya no era ella. Estaba extremadamente delgada, con la piel pegada a los huesos, la mirada perdida, sin habla apenas y con la cabeza en otro lugar. Sus ojos brillaban de forma extraña y parecían suplicantes pero no logré adivinar a tiempo el porqué.

El día 31, le trasladaron de urgencia al hospital porque ni el abuelo, reventado, ni nosotros podíamos atenderla más en casa. A mí no me dejaron entrar y me quedé haciéndole compañía desde la puerta, aunque ella no lo sabía. 
 

La Nochevieja transcurrió escuchando desde el salón los estallidos de los cohetes y los fuegos artificiales, rito tradicional y obligatorio en el cambio de año. Pero no los oía porque, dentro de mí, el ruido era mucho más fuerte. Después, ante la televisión con “El hombre de Mackintosh” en un intento por escapar de la angustia que me ahogaba, del peso que se percibía en el ambiente. De mí misma.

Y me sentía traidora, como esperando su muerte que ya venía asomándose y a la que los médicos, entre ellos mi madre, anunciaban desde hacía unas horas. Sabía que se nos iba. No podía hacer nada para evitarlo: sólo esperar. Y rezar.

La abuela se marchaba y yo no la acompañaría. Ni siquiera iba a estar despidiéndola en el andén o en el muelle cuando su tren o su barco partiera. Ella, tendida en una fría cama de hospital y yo en la mía, calentita, tratando de recuperar el aliento y de conciliar el sueño.Y me sentí así esa noche y durante muchas más con sus días, hasta hoy, creo: traidora pero impotente, traidora pero frágil, traidora y miedosa. Y débil. Y triste. Y un poco sola. 

La abuela murió el 1 de enero sobre las 9 de la mañana. Tampoco la vi cuando ya no quedaba vida en su cuerpo. No quise. No pude. Ochenta y cinco años de entrega, de amor y cariño se escapaban de la tierra y yo no podía llorar ni reunir el valor necesario para mirarle a la cara por última vez.  Aún hoy, por más que lo intento, no logro recordarla de otra manera; por mucho que trate de hacerlo, sólo veo a la mujer consumida y deshecha por la enfermedad que, fulminante, terminó con ella en tres semanas. O en más tiempo, si venía machacándola por dentro, escondida y eficaz, sin que nadie lo supiera. Ni siquiera ella. Pero eso no importa.  Miro unas fotos y recupero por un instante la calidez de su sonrisa, el tacto de su piel arrugadita, el abrazo a su cuerpo pequeño y menudo y recuerdo sus palabras: “princesa, la que más nos quiere”. Pero después, esa visión vuela de la memoria y vuelve la otra para sustituirla.

¿Por qué? 

 Hay voces que gritan en mis entrañas y una presión violenta en el pecho. Y se repiten constantemente: ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?  Ahora la abuela está en el Cielo, con Dios y entre santos y ella, es una más. Sabe lo que le quiero. Sabe lo que me pasa. Me quiere más que antes, si cabe. Y me perdona. Pero yo me siento igual y, aunque siga peleando, no puedo evitar recordarla como la recuerdo: yéndose.   ¿POR QUÉ?

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Comentarios»

1. nodisparenalpianista - septiembre 8, 2007

Lo siento, Marta.
Pero date tiempo. No podrás borrar cómo se marchó, pero seguro que terminará ganando el recuerdo de cuando estuvo.


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