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Burocracia abril 3, 2007

Posted by Marta in La vida misma.
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Llevo de paseo toda la mañana… Enterita, sí, por aquello de que la Administración siempre vela por ti y para que estés en plena forma, considera por sí misma y sin preguntarte primero que lo mejor es que camines y camines para mantener, ahora que llega el verano y la “operación bikini”, piernas ligeras, trasero discreto y pistoleras estrechas (para eso, sube-baja escaleras que te quedas divinaaaaaaaaaa…).  Si les digo que solamente quería presentar una solicitud para un examen de oposición probablemente piensen que soy tonta, por la sencillez del trámite pero les aseguro que no me lo han hecho más difícil porque les ha llegado la hora del café a los funcionarios de turno y eso sí que es precepto de guardar aunque lo que se tenga delante sea una víctima perfecta a la que estropear el día.  Partiendo de que ya tenía en mi poder el impreso –inestimable colaboración de mi padre- y que estaba convenientemente cumplimentado, lo único que debía hacer era pagar la tasa y presentar la solicitud con el resguardo del ingreso en el correspondiente registro.

Punto uno: ¿dónde he de soltar la pasta? Leo en las instrucciones: “entidades bancarias colaboradoras de la Administración Tributaria”. Bien, pedaleo un rato sobre el particular y opto por llamar al BBVA.

Punto dos: la telefonista no me entienda ni “papafrita”; busco un atajo: “¿funcionan ustedes con el 790?” (número del impreso). Respuesta: “Sí”. Perfecto.

Punto tres: voy al banco y hago la correspondiente cola. Llego a la ventanilla y a la buena señora le hacen los ojos “txibiritas”. Se levanta con mi papel y cuando ya empezaba a echarles de menos, vuelve con él y con un señor muy amable que me cobra lo que debe (27’07€ que pago religiosamente).  Salgo a la calle; me embarga una emoción intensa: por fin voy a poder presentar la solicitud del examen. Me dirijo a la Secretaría de Gobierno del Tribunal Superior, donde reparten los impresos. ¡Ah! Pero, por si no lo sabían, no es igual “recoger” que “entregar” y con sonrisa de “te cacé, tía y la has cagado”, la funcionaria –que ha tardado siete años en atenderme porque no acababa de terminar el solitario en su ordenador- me ha enviado a la Subdelegación del Gobierno.  En fin, me resigno y no discuto; el edificio de destino está a unos 500 metros de MI casa -en lugar de a 4.000 de ida y otros tantos de güelta- y pienso: “en cuanto termine con esto, me tiro en el sofá un ratito con música…”.¡Ja! Llego al lugar y la puerta está cerrada. Cartelito colgando: “la oficina de registro se ha trasladado a…”. Mi plan se desmorona: ahora he de caminar en dirección contraria. 

Me dispongo a entrar en el edificio pero no, es por la otra puerta. Bien, la encuentro, me dispongo a entrar pero no, he de pasar por el arco detector y poco más me meten a mí en la cinta. He estado tentada de emular a Laporta en el aeropuerto del Prat pero a mí me habrían detenido por escándalo público y habría sido el broche dorado para esta mañana. 

Pero bueno, la historia no termina tan mal porque efectivamente, he logrado presentar en plazo el papelote y nadie me ha dicho “vuelva usted mañana” que es lo que le pasaba siempre a Mariano José de Larra y por eso, prefirió terminar suicidándose…

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