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Grandes libros, silla de cerezo abril 9, 2007

Posted by Marta in Letras con nombre propio.
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No sé qué tienen los libros buenos: por más que los leo, no me cansan y además, me hacen descubrir algo nuevo cada vez que los repaso, un matiz, una imagen, un guiño… 

Ahora y desde hace tiempo, no puedo dedicarme sino a esos tomos rojos y grandes, de formato imposible y letra minúscula, en espera de aprobar tres exámenes seguidos y complicados. No se crean, es algo que me produce un serio fastidio porque estoy permanentemente aguantándome las ganas de ir a la caza de historias nuevas en páginas nuevas, de revolver en las estanterías empolvadas de casas próximas o de acudir a la Casa del Libro en busca de alguno desconocido.   Por eso, de vez en cuando, en los pocos ratos libres que me deja mi -ya inseparable- oposición, aprovecho para rescatar, releer y redescubrir párrafos que mis ojos han repasado miles de veces y quisieran hacerlo otras tantas. Es una necesidad, la vía perfecta para engañar al “síndrome de abstinencia” de lectura (de lectura de algo que no sea Derecho, Derecho, Derecho…).  

Esta mañana, me ha venido a la cabeza el fragmento de la silla de cerezo de “Alfanhuí” (Sánchez Ferlosio) y no me ha dejado de martillear en la memoria hasta que he ido en su busca. Se lo dejo aquí, para que lo disfruten también.

  

(…) Alfanhuí y el maestro hablaron mucho aquellas noches. El maestro contó cómo había comido una vez una cereza de la silla. Sabía a nueces, a brasero apagado y a velas de esperma, que es el sabor de los interiores y del hastío de las casas. El maestro había visto en sueños toda la historia de aquel cerezo la noche en que había comido su fruto. Lo había plantado en el jardín el antiguo dueño de la casa, que era ebanista. Tiempo después se había casado este hombre con una mujer joven y muy guapa y había cortado el cerezo para hacerle una silla. La mujer se sentaba allí todas las tardes, y hacía labor sobre su regazo. Pero el cerezo había sido cortado en plena juventud y convertido en silla y encerrado en aquel interior, y estaba enfermo de hastío. El cerezo odiaba cuatro cosas de la casa y siempre se las veía delante: una colcha de seda morada, con muchos flecos, que había sobre la cama de matrimonio; la cesta de la labor, hecha con mimbre y de cintas; un cojín árabe con cuatro borlas en las esquinas, y sobre todo un calendario de cartón repujado, festoneado con una nube de color rosa-valladolid y con un dibujo de cisnes y jardines en el centro, como el último número del juego de la oca y un letrero debajo donde ponía: 

Viuda de Ruipérez

Fábrica de galletas finas

Casa fundada en 1911 Dos Hermanas Sevilla 

Por esto había enfermado la silla de cerezo de mal de hastío, y recordaba sus buenos tiempos cuando florecía en el jardín. Y quiso vengarse del ebanista. Poco a poco fue contagiando de su mal a la mujer que se sentaba sobre ella para zurcir. La mujer enfermó también y por eso no tenía hijos y se iba volviendo toda como de cera y se le apagaba la mirada. Hasta que un día, murió de hastío, como desvanecida. Desde entonces, estaba la silla en el desván, porque el ebanista la había subido allí para no verla más (…) ”. 

¿No les ha ocurrido que, alguna vez, como esa silla, se han sentido así: enfermos de hastío, como de cera…?

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Comentarios»

1. Noni Gilbert - julio 11, 2007

Está bien recordar esta novela tan dulce al paladar…
He encontrado tu “thread” porque me han hecho una consulta sobre el color exacto de “rosa valladolid” para una traducción – alguna idea?


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