jump to navigation

Después de la conversación en el sofá abril 11, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
trackback

Los fantasmas de sábana blanca y bola con cadenas no existen. Sólo pululaban por las páginas de los cuentos infantiles para aterrorizarnos un rato pero finalmente, el bueno siempre se salía con la suya: vencía al mal, rescataba a la chica, se quedaba el botín o el castillo y liberaba a los habitantes del pueblo. ¿No recuerdan, por ejemplo, la historia de “Juan Sin Miedo”?

Algunas veces, el fantasma permanecía un rato entre las paredes de la habitación pero sabía que tenía la batalla perdida y antes o después, terminaba marchándose. Era magnífico acostarse, dormir tranquila y madrugar a la mañana siguiente para desayunarse el mundo: el fantasma expiraba -si ello era posible- nada más cerrar las tapas del libro, en cuanto papá o mamá advertían que había llegado la hora de apagar la luz. 

Unos cuantos años después, soy una persona más grande y en consecuencia -se supone-, más madura, más responsable, más capaz… pero ahora sí planean los fantasmas. Y volver un libro a su estantería ya no es la solución; meterse en la cama y cerrar los ojos no es la escapatoria; ocuparse en mil quehaceres no es la vía para huir.

Los fantasmas de hoy son más peligrosos, más osados, más persistentes… Toman la forma incorpórea de recuerdos tristes, imágenes feas, personas pretendidamente olvidadas o momentos enterrados. Como nebulosas, van y vienen, flotan y viajan a su antojo, terminando por anclarse en nuestra cabeza. Conquistan un lugar que no  les corresponde, invadiéndolo por la fuerza: aumentan nuestros miedos y temores, bloquean los pensamientos, engañan a los sentimientos, abundan en nuestras inseguridades, nos hunden la naturalidad, nos cortan las alas…

 En ocasiones y tras una dura pelea, conseguimos desterrarlos o mitigar el dolor que producen pero siempre vuelven porque, a mayor sensación de victoria, mayor intensidad de represalia. 

¿Nunca han tenido la gozosa sensación de haber espantado a uno? Y… ¿cuánto ha tardado en regresar? Una semana, un mes… ¿Un año, tal vez?¿Cuál es la fórmula para encerrarlos tras una puerta tan blindada que no pueda abrirse jamás? ¿Qué sinergias extrañas provocan su regreso después de haber luchado -de verdad- por su desintegración? Y siempre en el momento más inoportuno. Entonces, ¿cómo tornar al propio fantasma en el arma adecuada para terminar con la pesadilla? 

Si han dado con el antídoto, les ruego que me lo envíen. Les advierto que encadenar al corazón con capas de racionalidad no sirve para nada. Es sólo un engaño, una anestesia local y pasajera, un disfraz: él lo sabe y terminará reclamando su espacio. Porque no es un fantasma.

Anuncios

Comentarios»

1. Bukowski - abril 11, 2007

Nadie puede vivir sin sus fantasmas. El miedo forma parte de nosotros de la misma forma que la esperanza o la alegría (“siempre fuimos tres cuando has amado”, dijo un gran poeta), y sin ellos no seríamos humanos. Los fantasmas son como el agua de los ríos, o algo así -pero mejor- que diría Borges: son eternos pero cambian, reflejan siempre la cara pero son distintos.

2. Isildil - abril 13, 2007

Precisamente después de la conversación en el sofá llevo varios días con la mosca tras la oreja. Dudando del nombre -es sorprendente lo poco y lo mucho que puede decir de uno cierta combinación de letras-, dudando tanto del contenido como de la forma de respuesta -nunca es firme y seguro un primer paso-, llevo toda una mañana errada trasteando de blog en blog, de libro en libro, por aquello de calentar motores y ver si llega la inspiración.

Como ya habrán descubierto, he terminado por colarme -¡casualmente!- en casa de Bukowski. Ayer me decía Andreas que todos los seres vivos están íntimamente relacionados entre sí. Hoy mismo Bukowski me lo ha demostrado más que de sobra poniendo por escrito un cierto rumor interno que se ha convertido, presten atención, en mi último fantasma: «Hay que vivir pensando en el blog»… Es lo que me temía. ¡Mamma mía!

Una vez aceptado el reto… Hace tiempo Ana me contó, casi ofendida, cómo advertía en sí misma una fuerte predisposición a dar su vida de modo incondicional siempre que se le necesitara. «¿Y…?». «¿¿Cómo que “¿y?”??» ¡Había picado! Me sonreí… «Pues que eso significa que, a pesar de la modernidad de nuestros tiempos, quedan en nuestro interior los viejos fantasmas de miles de generaciones de mujeres oprimidas que no han sabido reclamar un derecho equivalente…» Se ahogaba por la emoción, su cara estallaba pintada de grana…

Ana es hoy toda una mujer. Hecha y derecha, que dicen. Con una gran capacidad de amar, supo subirse a tiempo y sin dudar en el tren del dar-sin-esperar-nada-a-cambio, sabiendo que sólo así recibiría.

¿Que por qué les cuento esto? Porque creo que no es solución encerrar a los fantasmas tras una puerta blindada que no pueda abrirse jamás. Hay que enfrentarse a ellos. Sin escudos. Sin armas. Sin poner cadenas al corazón ni sofocarlo con razones inútiles. Sí, hay que abrirles la puerta, e invitarles, tranquilamente a tomar café en nuestra conciencia. Ya saben, aquello de dialogar, tan de moda… Eso es lo que hizo Ana.

Y, «de mientras», si aún les atenaza el miedo y no se deciden a abrir la puerta al molesto fantasmita, puede servirles como remedio el truco que aprendió Harry de Lucas conversando en Kamchatka. Harry al habla, escuchen… «Mis primeras pruebas como escapista fueron un fracaso. Al principio, envalentonado, le pedía a Lucas que siguiese ajustando la soga en torno de mis muñecas. En consecuencia, a los pocos minutos se me cortaba la circulación y se me dormían los brazos (…). Después le empecé a encontrar la vuelta a eso de ofrecer resistencia a la soga. Apenas me aflojaba, la tensión cedía un poco, pero entonces me ponía a pelear con el tiento y a tironear y me quemaba y lo único que hacía era fijar más los nudos. El truco volvía a pasar por la relajación. Cuando dejaba de obsesionarme con el escape, mi corazón dejaba de galopar y mi sangre de agolparse en las manos y me ponía flexible en vez de rígido y de a poco iba zafando. Lucas me sugirió que eligiese una canción, o un poema, o algo que decirme a mí mismo durante el proceso, que permitiese focalizar mi atención lejos de los nudos.»

Pues eso. A aflojar tensiones y dejar de obsesionarse. Evadirse. Pero sabiendo que eso es huir y de ellos, los fantasmas, no podemos escapar para siempre.

Evadirse, sí.

Y enfrentarse CUANTO ANTES.

3. Marta - abril 13, 2007

ISILDIL, gracias por esa meditada, profunda y certera reflexión. Ya ves la que se me ha liado por recibir ecos repentinos de viejas pesadillas… Me temo que la próxima conversación en el sofá va a requerir mucha más cerveza y alguna que otra copa, más capítulos de House y algún plan de estrategia para enfrentar fantasmas.

Yo suelo invitarles a tomar café, no te creas. Vamos, que hago las cafeteras que hagan falta. Y si se pusieran pesados,hasta abriría el armario mágico que está sobre la chimenea: tequila, ron, whisky… Pero es que no llegamos a un acuerdo o no hablan suficientemente claro. Manía de dejar señales o mandar mensajes codificados a la conciencia. Y lo peor es cuando no dicen nada de nada. Porque también los hay ¿eh? De los que las matan callando.

Yo como escapista tengo poco futuro. Claramente. Para maniobras envolventes y pasajeras, soy un as pero de lo otro voy a necesitar un cursillo acelerado con Harry y Lucas. El problema es que tampoco valdrá para mucho. Una lástima eso de no poder agarrarse uno a las trompadas con los fantasmas; así lo arreglaría corriendo. Asquerosa incorporeidad… ;)

4. Isildil - abril 14, 2007

¡¡¡Más House, dice!!! Creo que la ración de intestinos fue más que suficiente… En cuanto a la bebida, sí, hemos de reconocer que desobedecimos a Papá, y eso no está bien.

Por mi parte, también yo tengo mis fantasmas. Anoche saqué a uno a pasear, sin ir más lejos. Con el soplo fresco del viento norte sus ánimos se fueron apaciguando y volví a casa con sensación de triunfo, ¡hasta con aires de grandeza! Eso sí, con la garganta resentida del frío y el cuerpo hecho trizas.

Saqué una conclusión. Que enfrentarse cuesta: dar la cara, mantener la posición en tira y afloja, cediendo a veces sin ceder en lo esencial… Que luchar tiene su aquél: requiere de energía, de estrategias, de paciencia y constancia, de entrenamiento, de…

Pero que, al fin, siempre al fin, vale la pena.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: