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Walkin’around abril 19, 2007

Posted by Marta in Bilbao.
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Hoy ha amanecido un día pacífico: curiosa quietud en las calles, cielo azul brumoso y rayos de sol colándose descarados entre jirones de nubes blancas e inocentes. Las sospechosas -por más oscuras- se adivinaban lejanas, tras la curva de la ría en el Euskalduna y he supuesto que descargarían sus aviesas intenciones sobre Sestao y Portugalete, sobre Erandio y Astrabudua o bien que se esfumarían de repente, como ha ocurrido. 

Me gusta caminar por el muelle y cruzar los puentes sobre el Nervión, haciendo toda suerte de “eses” de una margen a otra. Ya no es como antes: no quedan restos de la industria que en su día llenaba el aire de la ciudad de carbonilla y humo negro. Los vestigios de esa antigua vida se refugian en la ribera de la carretera de Erandio. Ahora Bilbao respira otro ritmo, otra rutina. 

Me he parado a los pies de las Torres de Isozaki; tendrían que verlas, tan altas. He estado un rato con la cabeza hacia arriba, mirándolas, absolutamente embobada. Según desde donde se tome la perspectiva, parece que se unieran con el cielo y además, éste se refleja en las fachadas de cristal haciéndose más cercano. Ha pasado el tranvía como un gran gusano que se desliza suavemente por una alfombra verde, tocando su campana alegremente y me ha reclamado volver los pies a tierra, sacándome de mis pensamientos.  

Corría una brisa disimulada, de ésa que apenas mueve el pelo pero que es traicionera porque, después de un rato, le congela a uno hasta la respiración y, todo hay que decirlo, he salido confiando en las apariencias sin abrigarme lo suficiente. Cerca de la ría, la temperatura siempre es más fresca y, para evitar el cuarto catarro en dos meses, he subido hacia la Gran Vía donde me he ido topando con los números que, desde hace unas semanas, invaden las calles. Grandes números de acero -enormes- en mitad de las aceras, ocurrencia de un tal Robert Indiana, artista americano “pop”. 

Así, he tenido un cero a la izquierda y acto seguido, me he multiplicado por diez colocándome a la suya. He adelantado al dos, plantado en Diputación, como un hombre que pasea tranquilo tras el hamaiketako. El tres cotillea a los transeúntes de Moyúa que se apoyan en su base mientras esperan a alguien. El cuatro vigila, con aire marcial, a los niños que juegan en la plaza y meten sus bracitos en la fuente. El cinco, en el parque, descansa sobre el césped como un barrigón que ha comido demasiado y necesita reposar. El ocho se exhibe orgulloso y ufano en Areilza…

En fin, me he obligado a volver a casa rápidamente porque un día como el de hoy me pone contenta y me insufla unas ganas terribles de pasear y pasear, de contemplar, de sacar fotos, de coger el coche y escapar a ver el mar a Ereaga o a Barrika o a San Juan… Y no: he vuelto a mi encierro habitual, a “echar” la mañana entre temas, leyes y artículos. Ya se encargará Verónica de tentarme para huir -quizá esta misma tarde- y entonces, no podré negarme: un día como el de hoy pide a gritos exprimirlo al aire libre, bajo el primer sol de la temporada, ése que con sus rayos insolentes te hace estornudar y guiñar los ojos.

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