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Primer día de verano mayo 9, 2007

Posted by Marta in Bilbao.
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Hace poco, mi “vecino” Ktulu contaba que él nota la llegada del verano cuando un buen día, al salir de la ducha, no tiene frío. Hay personas que van cambiando de estación sistemáticamente según lo marca el calendario, con los famosos 21 (de diciembre, de marzo, de junio, de septiembre). Los vigueses sostienen que “Vigo es Vivaldi” porque pueden tener las cuatro estaciones en un solo día. Hay quien prefiere dividir el año según las vacaciones: Navidad, Semana Santa y la temporada de verano. Y yo, que no soy menos, también tengo mi particular manera de observar el cambio de las estaciones. 

El otoño desnuda los árboles y nos hace caminar sobre una alfombra de hojas secas que hace un ruido maravilloso, crujiendo bajo nuestros pies. El mejor lugar para encontrarse con el otoño es el hayedo trasmocho que está camino del Elorritxugana: hay momentos en que la hojarasca me llega hasta las rodillas y que puedo saltar en plancha sobre las campas sin temor a lastimarme porque un colchón mullido amortigua la caída. También aparece esa lluvia suave pero densa y persistente que cala la hierba y desprende un olor buenísimo a tierra mojada. 

El invierno surge el día en que el frío me corta la cara por vez primera y el olor a leña quemada y a resina sale por alguna chimenea. Cuando los castañeros ocupan sus puestos en las esquinas de las calles y se convierten en la excusa perfecta para hacerse con un cucurucho de castañas y meterlo en el bolsillo, logrando que al menos una de las dos manos vaya caliente. Cuando la nieve cubre Altube o el Gorbea -que es más fácil- y las laderas se llenan de niños los domingos por la mañana, jugando a bolazo limpio. 

La primavera nace la mañana que puedo salir a la calle sin abrigo ni chaqueta, bastándome un jersey. La misma que a la mayoría de la gente le pone inexplicablemente de buen humor. El primer sol luminoso y juguetón que aparece de sorpresa, inesperadamente, arrancando un verde rabioso a los árboles y a las flores, el guapo subido. 

Seguramente, aún me esperan días de viento norte fresco y de contemplar la lluvia a través de los cristales. Sin embargo, como en mi tierra todo eso ocurre con absoluto albedrío y sin preguntárselo a la estación de turno, les anuncio que desde hoy ha empezado a invadirme el verano. Quizá prematuro, sí pero sin duda está llegando.  

Me he dado el primer baño de la temporada en el mar. En el Cantábrico, que es especial. Verde, frío, saladísimo y bravo. Y hermoso. Aún no he podido oler la primera tormenta veraniega, de nubes oscuras, pesadas y pasajeras; de ésas que descargan gotas como pedruscos que limpian el aire y ensanchan los pulmones; las que vierten agua templada sin que me importe empaparme hasta los huesos. Pero estará al caer. Entonces, el verano se habrá instalado definitivamente a pasar sus particulares vacaciones, alargándonos los días, iluminándonos las caras, refrescándonos con sus rabietas… Alegrándonos el alma y arrancándonos la sonrisa.

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