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El Palace mayo 26, 2007

Posted by Marta in Bilbao.
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Si les digo que he quedado con mi padre para ir al Palace esta tarde, ¿qué es lo primero que piensan? Seguro que se equivocan: no, no tomaremos el té en un hotel pijo de cinco estrellas. 

El Palace -la bodeguilla de Antonio, en realidad- es una tasca, una taberna de hace cincuenta o sesenta años sin rótulo ninguno que la anuncie en la que, desde tiempos casi inmemoriales, se sirve clarete en porrón y cacahuetes. Entrar en el Palace supone cruzar el umbral hacia el pasado. Hay en el lado izquierdo una barra larga de madera, llena de muescas y con el barniz totalmente perdido y, por supuesto, sin taburetes. El suelo, de baldosas gastadas, siempre está cubierto por una alfombra de cáscaras de cacahuetes y unas pocas mesas viejas con sus sillas desencoladas se alinean en el costado derecho. La media de edad supera ampliamente los sesenta -aunque no es demasiado apurar si digo que casi roza los setenta- pero siempre hay gente joven, relativamente al menos, disfrutando de esa reminiscencia del ayer, escudriñándola como a un viejo dinosaurio o a una reliquia y poniendo bullicio en el ambiente. Sin embargo, todos los que nos asomamos por allí sabemos que desaparecerá en el momento más inesperado, cerrando su persiana gris por última vez y para siempre.En el Palace no hay cocina ni menú del día pero a la hora de comer, instalan una tabla encima de unos caballetes y sobre ella, colocan barras de pan y toda suerte de latas de conservas. Uno se acerca a la improvisada mesa y pide un bocadillo de esto o de aquello. ¡Qué quieren que les diga! Sin duda es aceitoso pero el bonito, las anchoas… son una delicia y, aunque sea todo un arte comérselo sin pringarse uno entero, ciertamente el Cantábrico entre pan y pan sabe diferente.   

Los viejos que echan las tardes en el Palace suelen jugar al mus en las mesas desvencijadas. Con sus txapelas y bastones, toman un porrón y otro porrón y rescatan viejas glorias, empolvadas en la memoria mientras se agarran con fuerza a la bodeguilla, como deseando que esos rituales no terminen nunca, sabiendo que ellos también dirán adiós si su cortina de hierro oxidado cae definitivamente. 

Para mí es divertido visitar la bodega de vez en cuando, abrir mucho los ojos y tratar de que no se me escape ningún detalle, escuchar mil batallas de cuando los señores eran chavales o jugaban a pelota en el frontón de la Esperanza… Para mí es original: una especie de descubrimiento, una ventana al pasado, un templo casi secreto donde se conserva el ayer intacto. Pero para ellos es un retal de su vida, de lo que fueron. Ahora que sus amigos se han ido muriendo, que sus hijos están casados o viven lejos; ahora que la vida corre demasiado como para poder alcanzarla y se han ido quedando atrás, el Palace es la estación en la que se bajaron para ver pasar los trenes que ya no pueden coger.

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