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Diagnóstico irrefutable junio 29, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Le comunico que, tras años de profunda, seria e incesante investigación, hemos concluído de que padece usted la enfermedad de Mc Peterson

  

Y… ¿eso es muy grave, doctor?

   

Lo desconozco, Sr. Mc Peterson

      

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American made, world played junio 29, 2007

Posted by Marta in Jukebox.
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Hoy toca una curiosidad musical. Un tributo a Lester Paul, padre de la guitarra eléctrica e impulsor del avance en las técnicas de grabación. Suyo es el diseño de la Gibson Les Paul y el desarrollo de la grabación multipista.

 

Con este CD, que obtuvo 2 Grammys el año pasado, le brindan homenaje grandes monstruos de la música -Eric Clapton, Keith Richards, Billy Gibbons, Steve Miller, Sam Cooke, Richie Sambora…-.

  

Les Paul & Friends

  

   (pinchar para descargar)

 

¿Una idea? Elijan una carretera que les divierta, cojan el coche, pongan el disco a todo volumen -tiene un sonido espectacular- y salgan a conducir (las ventanillas abiertas son opcionales). Para eso, la banda sonora perfecta.

  

P.D.- A pesar del terrible calor de la capital, María y yo nos pateamos “su Madrid” ayer al mediodía. Lástima que no dimos con los famosos boquerones

A Madrid junio 27, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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No me gustan los aviones. Quiero decir, eso de subirme a un avión y volar por los aires. En cambio, sí que disfruto viéndolos aterrizar y despegar: en Pamplona, solía ir a mirarlos detrás de las vallas del aeropuerto, pasaban justo por encima de la cabeza y el ruido era terrible. 

La primera vez que volé fui a Roma y era pequeña -relativamente-. Una azafata encantadora de Alitalia me llevó a la cabina y claro, como la enana que era, me imaginaba las cosas como me las imaginaba: los pilotos concentrados en su tarea, igual que en las películas. Pero para mi sorpresa, me encontré a dos hombres repanchingados en sus butacas, charlando animadamente y los mandos ¡¡moviéndose solitos!! Debajo, el Mediterráneo y el copiloto se reía, señalándolo: “il mare, il mare”, decía el muy canchero. No me volví a mover del asiento en el resto del viaje. 

Y el verano que estuve en Irlanda, el avión de vuelta era como del año de la polka. Ya me subí al aparato de morros pero el colmo fue que, al levantar el vuelo, la puerta de la cabina se descolgó de sus bisagras. Así le desaniman a cualquiera. 

Y luego está lo de despegar y tomar tierra, el dolor de oídos, el ruido del motor, las turbulencias cuando tocan… Vamos, que prefiero ir por el suelo: me parece menos “antinatural” que por el aire aunque a veces… salga más barato.  

De todas formas, hay ciertos argumentos contundentes favorables a esto de volar: que es el medio de transporte que sufre menos accidentes, por ejemplo. O que cuando vamos en coche, llevamos el trasero a menos de un metro del suelo y a 140 km/h; si uno se imagina la raspadura en caso de que falte el piso…

En fin, que hoy ando más nerviosa por el viaje que por el examen. No sé si es buena o pésima señal pero tengo mi kit de supervivencia, aparte del salvavidas que lleve bajo el asiento. Siempre he pensado que ese flotador no sirve para nada. Es que, en el hipotético caso de que un amerizaje no descacharre el avión y a su pasaje, creo que no habrá nadie con el temple suficiente para pensar si mete la cabeza por su agujero o por el de la manga. O para acertar a tirar de la anilla una vez fuera del chisme. O para soplar por el tubito mientras flota en el agua en caso de que falle el primer mecanismo…  

Yo prefiero pedirle a San Rafael que me prepare una buena travesía, como a Tobías y luego, me basta saber que llevo mi mochila repleta en espera del “catering” -es lo único que me hace ilusión aunque es probable que no me lo coma-. Veamos: chuches, el boli hortera de pompón amarillo que me regaló Yolanda; un número atrasado de “Autopista”; “Primer amor y otros pesares”, de cuarta mano, por si soy capaz de leer; un cuaderno por me siento con fuerza para escribir; el MP3 recién cargado, pilas; algunas fotos, la cámara digital de Pol… Con tanto trasto no me va a dar tiempo a encontrar nada antes de aterrizar: estaré entretenida buceando entre cachivaches.

Y aparte de los aviones, me disgusta la palabra despegar: es como si a uno le arrancaran del lugar al que pertenece, de la compañía de alguien a quien quiere o de un sueño que persigue. Impone, infunde temor. Al menos, a mí me ocurre. Lo bueno de todo esto es que, una hora después, volveré a pisar tierra. Sana y salva, espero. Lista para el examen -o quizá no tanto…-.

“Carta a un amigo” junio 24, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Recurso fácil, lo sé: acudir al “producto prefabricado” es cómodo, puede resultar soso o estúpido, denota mala disposición e incluso cobardía. Pero no hay otra; al menos, por ahora. Tal vez en algún rato les cuelgue un post musical: tengo algunos discos buenos y peculiares en la cabeza.

Mientras, espero que les divierta lo que sigue. Me lo hizo llegar en su día mi hermana. Si conocieran a mi hermana, les encantaría: es dulce, simpática, inteligente y guapa. De pequeña, un demoniete pero luego cambió, a Dios gracias ;) . Seguramente termine hablándoles de ella pero otro día ¿vale?

Ahora que habrán pasado un buen fin de semana con su gente, aprovechando para descansar -un poco aunque sea, que también es importante-, sólo me resta desearles que les sea leve la nueva semana.

 

Carta a un amigo

 

Tres escenas junio 21, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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El día anterior, le había visto en la esquina del banco. Estaba esperándole a él, seguro. Llevaba un jersey aguamarina y unos vaqueros pero, a pesar del aspecto informal, se había arreglado bastante por lo que dedujo que tal vez tenían planeado cenar en algún sitio después. Caminaba de un lado a otro de la acera, nerviosamente. Quizá la espera se estaba alargando demasiado, quizá él se hubiera entretenido en casa de sus padres. 

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La abuela le había invitado a comer a su casa. Suele tener este tipo de detalles; no así el abuelo a quien, lo de sentarse a comer, le parece más un trámite para la supervivencia que un momento para reunirse o conversar. 

Cuando salía del portal, en la terraza de la esquina, le vio sentado con un amigo tomando un aperitivo. Enseguida se puso en pie y se acercó a saludarle. Llevaban mucho tiempo sin coincidir pero estaba al corriente de los acontecimientos de los últimos meses y le preguntó por cada uno de ellos. También le invitó a acompañarles pero ella, agradeciéndole el ofrecimiento y con la mejor sonrisa que acertó a mostrar, le dijo que llegaba tarde a lo de los abuelos. 

Sabía positivamente que, ni aun con todo el tiempo del mundo por delante, habría aceptado la invitación. Es lo que ocurre cuando una se da de bruces con el espejo que mejor refleja algunas de las propias debilidades y frustraciones, pensó sobre la marcha. Él es quien, sin ni siquiera adivinarlo, le recordaba con precisión meridiana ciertos agujeros negros y en consecuencia, la necesidad de taparlos. Tuvo la extraña y simultánea sensación de haberse aplicado bálsamo y sal en las heridas. 

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A primera hora de la tarde, cruzaba el parque de vuelta a casa. Se descubrió a sí misma contemplando a un niño pequeño que perseguía a una paloma con movimientos torpes, intentando atraparla inútilmente. Se rió sola.

Al levantar la vista, vio una gasa de colores suspendida en el aire, bailando con el viento y, un segundo después, él de nuevo. Corría para recuperar el pañuelo de su mujer antes de que cayera al suelo y acto seguido, se lo devolvía cuidadosamente, como si se tratara de algo muy delicado. 

Esta vez, ninguno de los dos había reparado en ella que les miraba boquiabierta con cierta envidia. Pero no era ella sola la que les observaba absorta: las acacias imponentes, los magnolios viejos, los bancos y la fuente, las esculturas de Chillida -la de piedra, la de bronce-. Y los pájaros y algún paseante despistado que quedaba hechizado por el discreto espectáculo.  

De alguna manera casi mágica -o al menos, misteriosa- se les escapaba por todos los poros de la piel un profundo amor y orgullo mutuos dejando, a su paso, una estela de felicidad incontenida, de cariño incalculable. 

Fue entonces cuando deseó con fuerza que medio mundo encontrara a su otra mitad.

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