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Algunos -pequeños- caprichos junio 7, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Vivir en la última de las rondas de Barañain no tiene muchas ventajas, la verdad. Yo me acostumbré rápido pero no dejaba de resultar fastidioso estar tan lejos de todo. Y durante cuatro años, ni les cuento. Que si nevaba -que no es ni medio raro en esas tierras- no había ni autobús –villavesa, perdón- ni taxi ni coche que llegara hasta allí y me tenía que chupar una tremenda caminata de una hora para llegar a la facultad que es la última del campus. Corrijo: la anteúltima, que Derecho está antes que Teología -un consuelo-. En realidad, la peor parte de esto es que siempre nieva en enero y en febrero -en exámenes, vamos- y claro, el cuerpo no tiene ganas de marcarse un paseíllo ni de lanzarse por la cuesta de la Venta de Andrés tentando a la suerte, a-ver-si-me-resbalo-y-me-trompo. 

Pero en realidad de lo que me estaba acordando es de las vistas que tenía si me asomaba a la ventana: era como el fin del mundo. Un campo donde cada año sembraban lo que tocara; después pasaba el Arga y a continuación, Landaben, tremendo polígono industrial y para más señas, justo enfrente, la sección de pintado de la Volkswagen. Como telón de fondo, gracias a Dios y para darle un poco de vida al paisaje, los montes y luego, la nada. Lo bueno era que se veían unas puestas de sol estupendas. La de la foto, por ejemplo. Aunque engaña un poco: no por la puesta sino porque si llego a sacar la misma foto pero una mañana cualquiera, no les gustaría nada ver semejante extensión de naves industriales delante.

 

Desde la ventana de Barañain 

  

  

Una tiene unos cuantos caprichos. No se piensen nada exagerado ¿eh? Pero además de los atardeceres y algunos otros espectáculos de la naturaleza, me pierden el mar, la montaña y conducir. Que una cosa no tiene que ver con la otra ¿no? pero es así. Y bueno, en Pamplona no hay costa así que, cuando tenía el coche, solía irme a San Sebastián a pasar la tarde y así, conjugaba aficiones. Y si no había tiempo suficiente para eso, me escapaba al alto del Perdón que queda muy cerca y despejaba muchísimo. Otras veces, iba andando que tampoco se tarda tanto y es un camino bien bonito por el monte. Arriba pega un viento terrible y una, que es un poco peso pluma, siempre tenía la sensación de que iba a salir por los aires. Pero era divertido ponerse debajo de los molinos -hay una fila interminable de aerogeneradores enormes- y escuchar el sonido de las aspas sobre la cabeza y abrir los brazos como para empezar a volar. Dar cuatro gritos, caminar un rato y volver a la civilización con la energía recuperada. Era un plan B perfecto para detener o evitar derrumbes o para olvidarse de la presión. O de otras cosas. O para intentarlo, al menos. A veces, daba resultado. A veces.

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