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Hacia dónde miramos junio 13, 2007

Posted by Marta in La vida misma.
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A menudo, camino por la calle con paso rápido porque la rutina diaria impone la prisa como regla y no como excepción. Sin embargo, lo que de verdad me gusta es andar con calma -aunque pocas veces lo hago realmente despacio- fijándome en todo, con los ojos muy abiertos y con disposición de mirar para, mirando, ver: siempre acabo descubriendo detalles, matices, novedades aunque lleve viviendo en la misma ciudad casi toda mi vida. 

Edificios, iglesias, fachadas que, tras una restauración y limpieza, parecen otros y dejan al aire una belleza hasta el momento escondida. Un cambio en el adoquinado de alguna calle. La variación estacional de las flores en los jardines. Las personas que habitualmente nos cruzamos y que, de repente, ya no están o tienen un aspecto muy diferente. Cómo ha ido creciendo ese niño que ahora juega a la pelota y que, no hace tanto, era un bebé. Los portales: las más de las veces sólo son accesos a casas y oficinas pero los hay que son auténticas maravillas de la arquitectura. Los miradores repintados: verdes, rojos, granates, negros, blancos… Y ¿se han dado cuenta de que, cuando llega la primavera y los abrigos se quedan colgados en casa, se ven muchas mujeres embarazadas?  ¿No les ocurre? A mí sí: personas y cosas que llevan tiempo y tiempo en los mismos lugares en las que no había reparado y que, hasta ahora, no había acertado a ver. 

Así es. El ritmo frenético del día a día nos impide o dificulta poner los ojos en esos pequeños grandes detalles ocultos pero sobre todo, nos hace agachar la cabeza y surcar las aceras mirando al suelo, quizá para adoptar una postura más aerodinámica y alimentar lo urgente -que no lo importante-. Pero así sólo vemos nuestro ombligo, rumiamos nuestras preocupaciones, nos embotamos en nuestros asuntos y obviamos todo lo que nos rodea. No es una buena postura: atrofia el cuello, no permite contemplar y mucho menos, elevar el espíritu del piso aunque sea unos centímetros. 

Por eso hay que mirar más hacia arriba, para desentumecernos, crecer y poder ver a los demás. ¿Se han parado a pensar qué poco miramos hacia arriba? Si salen a la calle y se dan un pequeño paseo por su barrio observando las alturas quizá descubran unas preciosas buhardillas con geranios en la terraza. Una mujer llorando en el balcón. Unos hermanos peleándose por el bote de ketchup a través de la ventana de alguna cocina. El friso o la cornisa o las volutas de un edificio. El color tan bonito que tiene el cielo hoy y el avión que lo cruza sobre la cabeza… 

Y pensando en lo poco dados que somos a levantar la mirada del suelo, cuánto menos lo somos para alzar los ojos Arriba. Para confiarnos a Dios. Para darnos cuenta de que somos insignificantes y no autosuficientes.  Para pedir ayuda del Cielo.

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Comentarios»

1. J. - junio 13, 2007

Brillas.

2. maria - junio 13, 2007

A mi tambien me encanta pasearme por madrid… dedicar una tarde a subir y bajar por el paseo de recoletos y descubrir rincones “castizos” o sentarme en un banco en Sol y ver pasar a gente (de todo tipo y condición y nacionalidad) e inventarme sus historias… Una ves en una de esas excursiones que hacía (ahora la mezcla de vida laboral y los estudios me dejan sin tiempo) descubrí un ático en una universidad (me colé con una amiga en la universidad privada). Subimos unas escaleras y llegamos a un ático desde el que teníamos una panorámica de la ciudad y el sol poniéndose… ¡¡¡cuantas tardes pasé en ese ático!!

3. maria - junio 13, 2007

ey!! acabo de ver el enlace… ¡¡gracias!!

4. nodisparenalpianista - junio 13, 2007

A mi me encanta eso de fijarme en la intrahistoria de los paseos, ver lo que pasa por las ventanas. En otro sitio recordaba la mía de Pamplona, ahora que como mucho la veo de vez en cuando y desde fuera. Buscar mis pasos en las viejas calles. O eran mis viejos pasos…
Recomiendo paseos en bici. Pero sin piano, claro.

5. Néstor - junio 13, 2007

La vida: ver la vida pasar delante de nosotros; eso es lo hermoso de tener ojos.

6. Vázquez - junio 13, 2007

Sí, pasear mirando hacia arriba para ver todo ese mundo que habitualmente no percibimos. Hace años descubrí ese “placer”, y siempre que viene al caso lo recomiendo tal como tú lo haces en esta entrada.

7. Peter - junio 14, 2007

¿Y qué me dices de las estatuas que cuelgan en Bilbao soportando aleros y muriéndose de frío?

8. Marta - junio 14, 2007

Y las águilas que sujetan farolas y el tigre que vigila Deusto y Minerva haciendo guardia en el instituto…

9. Isildil - junio 14, 2007

Ya, ya. Es bonito eso de contemplar por la calle. Pero a mí ya me han cazado más de una vez abobada, mirando no-sé-qué… ¡qué vergüenza! Con pilladas de esas y el aspecto que, en general, llevo de despitá, a una se le quitan las ganas; hay que guardar la reputación.

¡Y, encima, para no retener ni lo mínimo en la memoria! (¿Existe todo eso, por aquí, colgando? ¿De veras?)

Claro que todo eso es más fácil en un pueblo o ciudad pequeña. La vida te deja ir más despacio, y el mirar llama menos la atención. Eso es lo que me gusta tanto de… “mi tierra” (que no es precisamente la que me vio nacer, aunque a esa también la quiera…)

10. Isildil - junio 14, 2007

¡Ah! Eso de reconocerse no autosuficientes, dependientes, y mirar Arriba, ¡qué bien nos hace! ¡Y, a veces, qué difícil es!


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