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Tres escenas junio 21, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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El día anterior, le había visto en la esquina del banco. Estaba esperándole a él, seguro. Llevaba un jersey aguamarina y unos vaqueros pero, a pesar del aspecto informal, se había arreglado bastante por lo que dedujo que tal vez tenían planeado cenar en algún sitio después. Caminaba de un lado a otro de la acera, nerviosamente. Quizá la espera se estaba alargando demasiado, quizá él se hubiera entretenido en casa de sus padres. 

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La abuela le había invitado a comer a su casa. Suele tener este tipo de detalles; no así el abuelo a quien, lo de sentarse a comer, le parece más un trámite para la supervivencia que un momento para reunirse o conversar. 

Cuando salía del portal, en la terraza de la esquina, le vio sentado con un amigo tomando un aperitivo. Enseguida se puso en pie y se acercó a saludarle. Llevaban mucho tiempo sin coincidir pero estaba al corriente de los acontecimientos de los últimos meses y le preguntó por cada uno de ellos. También le invitó a acompañarles pero ella, agradeciéndole el ofrecimiento y con la mejor sonrisa que acertó a mostrar, le dijo que llegaba tarde a lo de los abuelos. 

Sabía positivamente que, ni aun con todo el tiempo del mundo por delante, habría aceptado la invitación. Es lo que ocurre cuando una se da de bruces con el espejo que mejor refleja algunas de las propias debilidades y frustraciones, pensó sobre la marcha. Él es quien, sin ni siquiera adivinarlo, le recordaba con precisión meridiana ciertos agujeros negros y en consecuencia, la necesidad de taparlos. Tuvo la extraña y simultánea sensación de haberse aplicado bálsamo y sal en las heridas. 

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A primera hora de la tarde, cruzaba el parque de vuelta a casa. Se descubrió a sí misma contemplando a un niño pequeño que perseguía a una paloma con movimientos torpes, intentando atraparla inútilmente. Se rió sola.

Al levantar la vista, vio una gasa de colores suspendida en el aire, bailando con el viento y, un segundo después, él de nuevo. Corría para recuperar el pañuelo de su mujer antes de que cayera al suelo y acto seguido, se lo devolvía cuidadosamente, como si se tratara de algo muy delicado. 

Esta vez, ninguno de los dos había reparado en ella que les miraba boquiabierta con cierta envidia. Pero no era ella sola la que les observaba absorta: las acacias imponentes, los magnolios viejos, los bancos y la fuente, las esculturas de Chillida -la de piedra, la de bronce-. Y los pájaros y algún paseante despistado que quedaba hechizado por el discreto espectáculo.  

De alguna manera casi mágica -o al menos, misteriosa- se les escapaba por todos los poros de la piel un profundo amor y orgullo mutuos dejando, a su paso, una estela de felicidad incontenida, de cariño incalculable. 

Fue entonces cuando deseó con fuerza que medio mundo encontrara a su otra mitad.

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