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Teléfono julio 11, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Domingo, cuatro de la tarde. Llama Txete desde Pamplona: 

– ¡Martota! ¿Cómo estás?

Me pilla a contramano y lo nota. 

Habla en voz baja. “Hay cinco tíos dormidos en mi salón”. La noche anterior han llegado a estar 15 personas en un piso-caja-de-cerillas que habitualmente comparten sólo dos. “Salimos de marcha. Pero yo me volví pronto. Ya sabes, responsable”. Y se ríe. “Esta semana trabajo normal, con los sanfermines en la calle, bufffffff, qué pereza”. Resopla. 

Nos ponemos al día durante un rato.  

– Cojo el coche y voy a pasar la tarde contigo ¿quieres? Podemos ir al cine a ver otra de moros y aviones

La última vez que vimos juntos una película fue “United 93”. Salí del cine como si me hubieran pateado el estómago. Ya no me fío de sus elecciones.

Mi “Pepito Grillo” neutraliza mi “puntazo egoistorro” impidiendo que le conteste que sí. “No te preocupes, nos veremos pronto. Te recuerdo que mañana trabajas y se te va a hacer muy tarde…”.

No queda nada hasta el 20 de julio.

Hospital julio 11, 2007

Posted by Marta in La vida misma.
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Entro y lo primero que veo es un cartel: “el Hospital de Laredo apoya la lactancia materna”. Luego me fijo en que es lo único que cuelga en las paredes del servicio de urgencias. También un folio redactado en “Comic Sans” que implora que las patologías no urgentes se resuelvan con el médico de cabecera en el centro de salud.  

Imploro lo mismo. 

La abuela repite que “los ochenta me han caído como un mazo”. Se sentía débil últimamente. Ayer se desencadenó un aluvión de sucesos. Desmayo, caída, golpe. Ambulancia y suero. Horas en observación para concluir que sufre una anemia brutal por alguna hemorragia interna que aún hoy no se han podido localizar. 

A la pobre también le duele el tobillo -cayó mal- pero tras la radiografía que le hicieron recién llegada al hospital, con la necesidad imperiosa de la transfusión, nadie se acordó de que lo tiene hinchado como una pelota. 

No se queja. Aunque le hayan cosido a pinchazos, puesto una sonda naso-gástrica, sometido a mil pruebas. Aunque le hayan transfundido varias bolsas de sangre. Y por supuesto, no ha podido dormir en toda la noche. Y lo que le queda: acaban de recomendar su ingreso inmediato. 

Le pregunto una tontería: “cómo te encuentras”. Pero sonríe suavemente, como siempre. Responde que está cansada pero que da gracias a Dios por estar “insensible como un cartón”. Así -cuenta- apenas ha notado el trasiego de los médicos y de las enfermeras. 

Para mí queda el trajín de idas y venidas entre Bilbao y Laredo. Pasar horas muertas en salas de espera aguardando resultados y explicaciones. Hacer de “nieta de los recados”, de acompañante nocturna, de “hija taxista”, de portavoz familiar… Lo que haga falta con tal de ayudar un poquito. 

Últimamente, he sufrido ciertos incidentes -menores- y me siento floja y falta de fuerzas. Pienso en las veinticuatro horas pasadas y en lo que está por venir. Me da miedo no llegar a todo. Tengo pánico a romperme por el camino.  

Quisiera poder evitarle todo esto: a ella, a los demás. Y mientras, le veo sufrir -les veo-. Y también me encuentro con otras historias tristes y dolorosas. 

Me importa un comino el apoyo a la lactancia materna.

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