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Días Valle-Inclán julio 18, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Mientras vivimos en Pamplona, MJ -coruñesa hasta la médula- tenía a veces un “día Valle-Inclán”. Habíamos bautizado con ese nombre a aquellos días desapacibles en los que echar de menos su tierra se hacía más duro que de costumbre. Recuerdo que me ocurría lo mismo pero me avergonzaba decirlo porque estaba a sólo 160 kilómetros de la mía y podía desayunármelos, comérmelos o incluso cenármelos metiéndome en un autobús durante un escaso par de horas. 

Ahora que estamos lejos, cuando hablo con ella, su voz cantarina llega desde Sada y entre batallas del hoy  y del ayer, aflora en mí ese síndrome latente que escondo en algún recoveco del corazón: los diez veranos gallegos de mi infancia y de los primeros coletazos de adolescencia. Diez agostos en Sanxenxo no son pocos, pensando en mi no muy larga existencia y sin duda, algo se me contagió de aquellas maravillosas tierras. Me queda un poso de morriña, un tinte de vivo verde de los campos y de azul rabioso de las Rias Baixas, la bruma madrugadora pegada al suelo y a la piel, el sonido de las gaitas, las muñeiras, las noches de queimada envuelta en fuego y las meigas -que haberlas, haylas-…    

Una sola cosa le disgustaba a mamá de esas vacaciones pero fue determinante para que no volviéramos más: la temperatura del Atlántico. Cada año le cogían a contrapié sus aguas heladoras. Nosotros no podíamos entenderlo porque, después de jugar a fútbol o machacarnos con un partido de palas, lo único que nos pedía el cuerpo era bucear con el tubo y las gafas entre las rocas buscando anémonas, erizos y algas curiosas. Papá, los chicos y yo nos reuníamos en “akelarre” para hallar la clave que le convenciera pero nunca dimos con ella. Quedan fotos y recuerdos para todos y para mí, la esperanza de regresar en cuanto pueda. 

Aquellos días en Sanxenxo parecía que no terminasen nunca y en cambio ¡cómo corre el tiempo hoy! Lo más complicado que teníamos que enfrentar entonces era la obligada hora de cuadernos Santillana que mandaban en el colegio: qué distinta es la vida ahora.

Recuerdo la cinta de luces que atravesaba la entrada de muchos pueblos “en festas”. La feria del alabriño en Cambados. Aún puedo ver las bodegas del Salnés y del Rosal, el Miño, las interminables extensiones de vides, la sombra de las parras con sus uvas ácidas. También me acuerdo de las cenas con los Fernández en las tabernas del puerto y cómo los padres, contra la indignación de las madres, nos jaleaban a los pequeños con conversaciones escatológicas la mar de divertidas. Los gofres del “5-y-pico”. Los carteles de la carretera “a mais velocidade 50 semaforo pechado”.

Cada día, una playa diferente: Silgar, Canela, Montalvo, San Vicente do Mar, Pedras Negras, La Lanzada… Algunas veces, Jose Ramón nos llevaba en su motora hasta Portonovo a comer a Ton y si nos portábamos bien, nos dejaba dirigir un rato el timón. En los muretes de los caminos crecían arbustos de mimbre y arrancábamos algunas ramas -con gran esfuerzo- para atizarnos con ellas; eran un arma poderosa pero si la utilizábamos, los mayores garantizaban un cachete. Todos los años visitábamos al apóstol Santiago en su Catedral y pateábamos la ciudad con la tuna cantando de fondo y hacíamos otras mil excursiones: a Noia, a la Toja, a Vigo, a Santa María de Olla, a Pontevedra, a Tui y al norte de Portugal…   

Estoy sacando los álbumes y repasando todas las fotos. He de llamar a MJ: creo que hoy tengo “día Valle-Inclán”.

    

(( El Futuro Bloquero acentuó mi golpe de morriña: ¡¡malo!! :P ))

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