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Calibre 806 agosto 2, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Manuel me tiene “pelota” por dos razones: porque es de Pontevedra y nosotros veraneábamos allí y porque le hace muchísima gracia que yo aprendiera a conducir con una “bala de calibre 806” y que la mime tanto.  

Manuel es mecánico y se encarga de las revisiones del coche desde que llegó a casa: es como su “médico-de-cabecera”, lo conoce desde “pequeño” y lo cuida con muchísima atención. Semejante torpedo es un Peugeot con 14 abriles -julios, en realidad- que conduzco desde que me saqué el carnet -pero antes ya andábamos juntos, “destrangis”-. A pesar de su edad, recorre los kilómetros que le echen y su perfil bueno es el izquierdo porque el otro tiene unas abolladuras interesantes (mi madre nunca concretó si no vio la columna o si es que quiso comprobar la flexibilidad de la furgoneta). 

Cuando voy por el taller a hacer algún ajuste rutinario -un faro fundido, los limpiaparabrisas gastados-, Manuel le pega un repaso: presión de los neumáticos, aceite, anticongelante, agua, limpiacristales… Me despide hasta la próxima echándole muchas flores -“está estupendo”- y nunca me cobra el repaso porque “sólo es un vistaciño rápido”.

  

Recuerdo cuando me llevé la “bala” a Pamplona, en cuarto año. Al principio mucho pitorreo y tal: que si el camión, que si la flagoneta… Y peores. Pero después… las siete plazas, volver a casa “todos juntos”      -que, total, luego era cada uno a la suya-, improvisar excursiones de un minuto para otro, la ventaja de que “sólo uno se queda sin cerveza” -o sin copas, adivinen quién y siempre-. Y el pasaje canta, que no tiene radio.

En Bilbao me ocurre igual: fletamos el 806 y hacemos bote para el viaje de turno. Y lo mismo: para la conductora, agua. Eso es lo único que me fastidia. Pero casi nada, la verdad. A mí lo que me gusta es que quepa mucha gente, muchas maletas y lo más importante, muchas historias.

Coches y coches agosto 2, 2007

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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No sé qué tienen ciertos coches pero se me van los ojos detrás. Bueno, sí lo sé: un diseño perfecto, unas líneas elegantísimas, un motor fenomenal, unos neumáticos que le quitan a uno el hipo, muchos cilindros, más caballos… Es una debilidad, no lo puedo evitar.  

Aunque confieso que hay una cosa que me molesta: la actitud de los conductores que se pavonean como si fuera suyo el mérito de pilotar semejantes máquinas. Últimamente campa por el barrio un Porsche Cayman negro que consigue que arrastre los piños por la acera. Y me quedo con una cara de atontada mirándolo, tan brillante… El otro día, el dueño de tal carro lo aparca en la esquina a las ocho de la tarde -en plena efervescencia del poteo en las terrazas- y empieza a sacar cosas del maletero. Claro que siendo un Porsche, el maletero está delante y quieran que no, choca tan acostumbrada que está una a ir al portón trasero a estibar bultos. Pues sería envidia cochina -yo no digo que no- pero qué rabia me dio que se pusiera en el medio a que todo el mundo le contemplara… 

Esto de los cochazos… Algunas veces me ocurre que pasa uno y voy girando el cuello hasta que el ángulo no da más y entonces la que se gira soy yo. Y luego pienso “este tipo qué mira” y resulta ser el bueno del viandante que camina detrás de mí, extrañado de que me dé media vuelta-vuelta entera en plena acera y sin razón aparente. Hala, pasó el bólido, yo prosigo mi marcha y así sucesivamente, cuantas veces sea necesario. 

Uno de los lugares donde solemos quedar es el concesionario de Lexus. Me emociona pegarme al cristal a mirar esos cacharros. A una le da por soñar: nada serio, claro, pero me entran unas ganas terribles de conducir uno de ésos precisamente: el deportivo descapotable, espectacular. Azul metalizado. Otra veces, ponen el granate.  

Y a estas alturas, Marta ya estaba “de serie”, como una pegatina en el escaparate del concesionario y… ¡¡qué disgusto!! Hace un puñado de días me lo han cambiado por uno de Suzuki. Y, de repente, ya no me gusta quedar ahí. Qué quieren que les diga: son coches, tienen cuatro ruedas, andan y sirven para lo que sirven. Pero rebajan el glamour de los sueños ¿o no?

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