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Irse. Volver. noviembre 7, 2007

Posted by Marta in Letras con nombre propio.
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Hay veces que no sabemos explicar por qué algo nos impresiona, nos gusta o casi nos roza.

  

A menudo, las sensaciones que uno percibe son complejas y cuesta encontrar la manera de transmitírselas a los demás con palabras. Suelen quedar incompletas, aun cuando las desmenuzamos concienzudamente o las comprimimos en letras para atarlas al papel.

  

Hoy he leído “Contra el óxido” (por Ander Izagirre en su blog, A topa tolondro).

  

Y no sé qué más decir. Sólo que todo lo que yo añada, sobra.

    

Menos esto: no pasen sin leerlo.

  

Holden y yo (II) noviembre 7, 2007

Posted by Marta in Letras con nombre propio.
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” (…) Luego hizo una cosa que me hizo mucha gracia. Me metió la mano en el bolsillo del abrigo, sacó la gorra de caza y me la puso.

– ¿No la quieres tú? -le dije.

– Te la presto un rato

– Bueno, ahora date prisa. Vas a perderte esta vuelta. Te quitarán tu caballo.

Pero no se movió. – ¿Es cierto lo que me dijiste antes? ¿Que ya no vas a ninguna parte? ¿Irás a casa desde aquí? -me preguntó.

– Sí -le dije. Y era verdad. No mentía. Pensaba ir desde allí-. Pero date prisa. Ya empieza a moverse.

Salió corriendo, compró su ticket y subió al tiovivo justo a tiempo. Luego dio la vuelta otra vez a toda la plataforma hasta que llegó a su caballo. Se subió a él, me saludó con la mano y yo le devolví el saludo. ¡Jo, de pronto empezó a llover a cántaros! Un diluvio, se lo juro (…) pero yo aún me quedé sentado en el banco un buen rato. Me empapé bien (…) En cierto modo, la gorra de caza me protegía bastante pero aun así me mojé. No me importó. De pronto me sentía feliz viendo a Phoebe girar y girar. Si quieren que les diga la verdad, me sentí tan contento que estuve a punto de gritar. No sé por qué. Sólo porque estaba tan guapa con su abrigo azul dando vueltas y vueltas sin parar (…) “.

  

(De “El guardián entre el centeno”, por J. D. Salinger).

  

Hay un tiovio en el parque de Doña Casilda: el típico carrusel con carrozas y caballos que suben y bajan. Un poco cursi -dorado y en tonos pastel- pero muy bien cuidado: con sus bombillas, su música y unos dibujos esmaltados.

A primera hora, cuando lo abren y lo limpian, uno se lo encuentra vacío y solitario -parece olvidado en un rincón- pero según va mediando la mañana, un estallido de niños surge de todos los rincones del parque y lo conquistan sin miramientos. Los abuelos, las mamás, las cuidadoras… esperan pacientes y les saludan en cada vuelta, mientras los chiquillos gritan emocionados o agitan las manos o se aferran a la montura con cara de susto.

Tiovivo del parque

Siempre imagino a Holden y a Phoebe en ese lugar. Casi puedo verles cuando paso por allí: él podría ser cualquiera de los que aguardan en los bancos a que termine el turno y ella cualquier jinete o una princesita subida en alguna calesa…

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