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Mañana marzo 28, 2008

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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La chica del mostrador lleva dos semanas trabajando en ese hotel del centro y piensa que todos los clientes son muy raros. Entran y salen con prisa, con la cabeza gacha, y nunca levantan la mirada para pedir su llave, no dicen gracias ni dan los buenos días. Algunos esconden las toallas en sus maletas y otros asaltan deseperadamente los carros de la limpieza  por los pasillos para llevarse pastillas de jabón y botellas de minibar.

   

Le desagrada el encargado de personal, que trata a los empleados como si fueran basura aunque es probable que sea peor persona que el peor de ellos. De todas formas, la mayoría de sus compañeros son unos hipócritas que disfrutan haciéndose la vida imposible, como si estuvieran luchando por algo más importante que aparcar el coche de un empresario de dudosa reputación o llevar las maletas de un actor poco famoso.

  

Hace pocos días, un músico de una orquesta barroca de cuarta que se alojaba en el hotel le regaló dos entradas para el teatro municipal. También quiso invitarle a una copa durante su turno de noche. Ella se disculpó con educación -no puedo abandonar mi puesto de trabajo- pero la realidad era que aquel tipo no le inspiraba ninguna confianza.

     

Lamenta una y mil veces no haber aceptado el contrato del motel de carretera donde estuvo a prueba diez días. Podía hacer de recepcionista, de camarera o encargarse de la limpieza. El ambiente era algo más sórdido pero las personas con las que había coincidido -trabajadores y clientes- resultaban bastante más amables. El bar solía estar lleno de gente variopinta, de moteros, de camioneros que contaban historias apasionantes de frontera. La mayoría habían cruzado Europa de extremo a extremo transportando sabe Dios qué. Uno de ellos, al que sirvió algo de cenar bien entrada la noche, había comprado pulseras de ámbar en el Báltico para sus niñas y le regaló una. Por simpática, le dijo.

  

Ahora se está perdiendo todo aquello sólo por la comodidad que supone trabajar en la ciudad y llegar un poco antes a casa. Y porque los turnos de noche le resultan más livianos si a la mañana siguiente, sale a una calle principal en lugar de a una carretera secundaria.

  

Piensa que debe dejarse de tonterías y pedir otra oportunidad en el motel, donde trabajaría a gusto, sin uniforme, sin maquillaje, con unos vaqueros y coleta.

  

– Mañana. Quizá lo haga mañana.

  

Como desde hace tiempo, una vez más, lo deja para mañana. Siempre para mañana.

  

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