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Listas mayo 9, 2008

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Si las cosas buenas no pesaran más que las malas, la vida sería un asco. Pero a pesar de que sufrimos, pasamos momentos duros o nos enfrentamos a situaciones difíciles, sabemos que, de alguna manera, con nuestro empeño, la ayuda de los demás y la fuerza de Dios, saldremos adelante de lo que sea con lo que nos toque pelear.

 

La lista de lo que me desagrada o me disgusta podría ser interminable si me dejara arrastrar por el carril de las rutinas. La mayoría de las cosas que me fastidian son tan nimias que, cuando se piensan en relación con lo importante, me da vergüenza haberme quejado de ellas. Pero hay otras que no debemos perder de vista: para no juguetear con lo que no se debe y para ponerles freno allá donde nos las encontremos.

 

Me revienta la cobardía de los que se esconden para hacer daño. De los que actúan despreciando a los otros. De los que se escudan en el poder y en la fuerza para someter a los que no lo tienen.

 

Me revienta el egoísmo de quienes pisotean a los demás para ganar algo, lo que sea. Nada vale un sueño espanzurrado. Y con las personas no se juega.

 

Me revienta la mentira porque todo lo que consigue está muerto desde el principio aunque le pongan un maquillaje vistoso. Y porque siembra desconfianza, temor y más mentira. Porque es falsa y lo falso es hueco y lo hueco, por definición, no tiene nada dentro. Me revienta el cinismo. La superficialidad. Que se vacíen las palabras de lo que son para llenarlas de lo que se quiere que sean.

 

 

Sin embargo, todo eso se diluye en lo bueno. Porque lo bueno es capaz de sanar lo malo, de restañar las heridas y de contagiar perdón y alegría. Lo bueno, salva.

 

Me salvan cientos, millones de pequeños grandes misterios que son innumerables, que nunca se agotan y que pueden repetirse toda la vida.

 

Me salva saber que otros me quieren, así como soy, tan chapucera. Sin eso, yo no sería nada. Y me salva querer a los demás y aprender a quererles un poco más cada día, siguiendo torpemente su ejemplo. Me salva que haya alguien que acierte a descorchar la botella adecuada, a apretar el botón preciso y a regular la presión acumulada. Me salvan el mar y la montaña. El ruido del agua; la lluvia también -la lluvia sin intermediarios, los paraguas sólo estorban-. Me salva escuchar, más que hablar. Mirar a los ojos y ver a su través. Y que vean. Si se atreven. Me salva que me hagan reír. Cuidar de otros. Y pensar poco en mí. Otra cosa es conseguirlo.

 

Es curioso: para escribir la primera parte de la lista he tenido que acabar exprimiendo las ideas. En cambio, podría amanecer y continuaría con la segunda sin ningún esfuerzo.

 

Lo que proponían NéstorTeletipazoAlejops o Maria Jesús no es otra cosa que una buena costumbre. Reordenar principios, reestructurar ideas… Don Enrique hablaba de algo similar el otro día; aunque no era igual, se le parecía. Cuando el pesimismo, el cansancio o el desánimo nos ganan la partida -cuando nos dejamos vencer por nosotros mismos-, se nos nubla la vista, se nos taponan los oídos, se nos endurece el corazón. Por eso, aunque nos caigamos, no podemos dejar de mirar Arriba ni esforzarnos en recuperar lo que sea que se nos ha perdido. Siempre se encuentra. Aunque no lo veamos. Está.

  

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