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Explicaciones agosto 15, 2008

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Teresa me ayuda a meter la maleta en el coche empujándola suavemente por debajo. Frunce el ceño y pone las manosen jarras.

 

– ¿Por qué te vas, eh? ¿Es que ya no quieres jubar más?

 

Me agacho y le explico.

 

A los niños hay que explicarles todo. Todo. Y cuando no se tiene la respuesta a un por qué, hay que hacer magia y sacarla de la chistera, de la manga, del bolsillo… De cualquier lado.

 

– Entonces dame un abrazo tan fuerte que me dure hasta la próxima vez que te vea

– Pues mejor te doy un beso y un abrazo, para que dure más

 

 

 

Lucía es risueña y sensible; tanto, que esconde un salto de agua tras sus ojos verdes, una presa que se abre cuando las pestañas largas no pueden retener más lágrimas.

 

Cierro el maletero. Veo cómo se escurre entre las piernas de su madre y corre a refugiarse bajo un árbol de ramas caídas. Le alcanzo cuando ya se ha deshecho en llanto.

 

– ¿Qué pasa, Lucía?

 

Pero no contesta. Sólo se pega a mí y se queda inmóvil aunque el hipo hace temblar su cuerpecito. Le retiro el pelo de la frente, le seco los papos sonrosados y le pregunto, bajito:

 

– Dime, ¿qué tienes, qué te ocurre?

– Tía, ahora que te marchas… ¿te vas a olvidar de mí?

– ¿Tú crees que tienes una tía tan loca que pueda olvidar esa cara preciosa? ¿Acaso me he olvidado alguna vez de ti?

 

Mueve la cabeza con firmeza. También le explico. Se frota la naricilla, asiente, rebusca con su manita entre la hierba y arranca una flor de manzanilla.

  

– Para ti

 

Daré con el libro apropiado y la guardaré entre sus páginas. Un libro que sea como Lucía.

 

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Lluvia (II) agosto 14, 2008

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Se rompió el cielo. Así, de pronto, con un estruendo aterrador, se quebró. Desapareció el sol, se lo tragó el universo, se perdió en algún agujero negro. Y el día quedó a oscuras porque su luz se fundió. Los relámpagos rasgaron las nubes y desgarradas, a jirones, sin remiendo posible, se vaciaron violentamente.

  

El agua cayó en tromba, filtrándose entre las grietas de ese azul convertido en gris que tornó en noche el día. Las gotas abollaron la piel de mil cuerpos; golpearon cabezas, como puñados de piedras lanzados con malicia, y embalsamaron calles, edificios, personas, árboles… Embalsamaron la ciudad entera, sin que quedara un resquicio seco en el que guarecerse para huir de la tormenta.

  

El suelo se cubrió de fragmentos liquidos, fríos, mojados; cascotes, pedazos de cielo.

  

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