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Cuidar enero 24, 2009

Posted by Marta in Bilbao.
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Cuidar las cosas las cambia. Aligera la huella del tiempo, resalta su belleza, hace que otros las respeten. Pienso en ello cuando me asomo a esa ventana sobre el Casco Viejo y Bilbao La Vieja. Recuerdo de pequeña los edificios que estuvieron a punto de arruinarse, los tejados que llegaron a hundirse, los miradores desvencijados ahora reconstruidos y cuidadosamente pintados. Y la ribera tiene hoy otra imagen, limpia y alegre.

 

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A veces nos acostumbramos a lo que tenemos y acabamos perdiendo el interés del primer día en conservarlo. Lo vamos apartando en la confianza de que siempre estará. Nos despegamos poco a poco hasta que dejamos de sentirlo como algo propio, parte de nuestra responsabilidad. Y hay veces que caemos en la cuenta de que lo perdemos demasiado tarde.

 

Ocurre lo mismo con las personas. Cuidar de ellas las cambia. Y nos cambia. Nos hace importantes para alguien que se hace central para nosotros. Hay mucho de la rosa de “El principito” en cada uno. Al fin y al cabo, sin los otros no somos nada. Descuidar a alguien es morir un poco. No sé explicarlo de otro modo pero creo que es algo que recordaré siempre. Al menos me gusta pensar que lo recordaré siempre. Para ganar un poco más de vida, empeñándola cada día, que ésa es la única manera de ganarla de verdad.

 

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Jet lag enero 19, 2009

Posted by Marta in Huidas, escapadas y otras cobardías.
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O síndrome de los husos horarios.

 

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A veces es más intenso cuando se viaja por los recuerdos.

Y más difícil recuperarse.

 

La diferencia enero 13, 2009

Posted by Marta in La toga como disfraz.
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Me encuentro a menudo con C. y siempre se interesa por mis avances vestida de toga, me echa un cable cuando lo necesito y me tranquiliza mucho contándome chismes y anécdotas. Así les quita un poco de hierro a los asuntos, el suficiente para que yo entre en sala con una aceptable dosis de aplomo, ánimo y optimismo, sin importar a qué lado del juez vaya a sentarme.
 
Algunos días me toca compartir con él las esperas en la puerta del juzgado. Y entonces no me molesta que la mañana vaya retrasada. Nos lo pasamos bien.

– ¿Cómo sigues?
 
Hablamos de todo durante un rato y nos reímos de la burocracia, de los nervios y de los agobios. Hace poco, un ejemplo:
 
– Tú no te apures –me dijo-. ¡A mí me pasa después de diez años! A veces se me seca la garganta y noto que se me corta la respiración. Y después, cuando todo termina y se va la presión, vuelvo a la oficina con las piernas temblonas… Hace unos meses tuve una vista con un veterano de la profesión y me decía “eso te pasa porque de verdad te sigue importando lo que ocurre dentro de la sala”. Así que ya ves, tiene su lado positivo
 

A los pocos días me topé con R., que es compañera de C. pero no se parecen en nada. Peor para ella -suelo pensar- aunque conmigo siempre ha sido amable.

– Hace cuánto que no te veía, ¿qué tal todo?
– Bien… – le conté un poco.
– ¿Y no te llevas malos ratos en los juicios?
– Pues sí, claro. Fatales
– Mira, chica, ni te preocupes. Eso se te pasa volando. En cuanto deje de importarte lo que sucede ahí dentro

 

No hace falta añadir nada para apreciar la diferencia. A mí me gustan las personas como C. que se sienten verdaderamente responsables de lo que hacen. Muchas veces, el resultado no depende de uno. Al menos, no totalmente. Pero el propio trabajo y la propia actitud son fundamentales para hacer las cosas bien en cualquier profesión y en la vida. Aunque su curso se tuerza en ocasiones, en más de las que nos gustaría. Ya nos encargaremos entonces de enderezar el rumbo.

 

 

 

 

Paraíso enero 4, 2009

Posted by Marta in Huidas, escapadas y otras cobardías.
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Durante tres días fui, a cada rato, una cosa distinta. Fui todo lo que me pidieron que fuera. Y seré siempre cualquier otra que quieran, todo aquéllo que me pidan.

 

Fui un perro, una alfombra voladora, un cocodrilo. Una cuna en mis brazos para la siesta, un caballito trotón, un montón de besos. Un almohadón para que reposara una cabeza pequeña, un pañuelo para limpiar mocos. Unas manos para levantarles cuando caían y una enfermera para curar sus rasponazos y coscorrones. Un barco, una isla en mitad del océano.

 

También una montaña rusa, un avión que daba la vuelta al mundo, un hombro para secar lágrimas. Un coche, un tobogán, un abrigo para el frío. Un payaso, un saltimbanqui y un robot. Una cocinera, un babero, un juguete. Y un trineo, un tiovivo, una princesa. Un muñeco de nieve, una croqueta, un ataque de cosquillas.

 

Fui cazadora de dragones. Espantafantasmas. Cuentacuentos antes de dormir. Y parte de sus sueños cuando cerraban los ojitos hasta la mañana siguiente.

 

Soy lo que quieran que sea. Porque el paraíso está, por decir un lugar, allí donde estén ellas.

 

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