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Un reencuentro septiembre 26, 2009

Posted by Marta in La vida misma.
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Entró en el despacho con la sonrisa encendida. Hacía mucho que no nos veíamos. Un abrazo largo y estrujadísimo, como siempre, desde que era una cría, sin tener en cuenta la diferencia de tamaño y fuerza.
 
 
– Qué bien hueles – dijo.
 
 
Me habría quedado un rato más así, como protegida de todo: del timbre del teléfono, de la prisa, de los vencimientos, de la prescripción asesina… Del mundo.
 
 
– ¡Qué alegría verte! – Y apretó un poco más.
 
A pesar de que la mañana era nubosa pareció que el sol había salido en mi oficina.
 
Recuerdo que fue lo mejor que me pasó aquella semana.
 
 
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Cruzar la calle septiembre 11, 2009

Posted by Marta in Script-Girl.
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Una mañana me acordé de que tenía pendiente “My blueberry nights” y de que, por la noche, estaría sola en casa, sin alboroto ninguno. También supuse que la película no estaría alquilada en el videoclub y acerté: sé que no fue “comercial” aunque tuvo un par de nominaciones a algún premio; conocía la historia porque leí algo sobre ella cuando la estrenaron en Estados Unidos; me provocó curiosidad. Aquí sólo se exhibió un par de semanas en salas pequeñas de “público alternativo”.
 
Me gustan Norah Jones y Wong Kar Wai, cada uno en lo suyo. Pero supuse que sería interesante ver los primeros pasos de la cantante en el cine, de la mano de ese director.
 
Estoy segura de que, esa mañana, me acordé de la película por algunas razones muy concretas. Como, por ejemplo, porque un adiós no siempre significa el fin; a veces es un nuevo comienzo.
 
Al terminar del día, cuando dejé la oficina, vacía, igual que me la había encontrado y como estuvo en todo momento, salvo las horas que yo pasé en ella, hice un poco de cena, puse la película y fui tomando algunas notas y… alguna cerveza.
 
Elizabeth decía que, en ocasiones, nos empeñamos en “cruzar por el lado más ancho de la calle”. Y sí, pensé que es cierto. “Por el lado más ancho”, a través del punto más largo posible que une dos extremos. Lo más complicado, lo menos práctico: soy especialista. Como en eso de no tirar por la calle de en medio sino perderme entre callejuelas estrechas que, de tan pequeñas e ignotas, carecen hasta de nombre. Allí por donde no hay línea recta ni trayecto más corto. Definitivamente, suelo cruzar por el lado más ancho de la calle.
 
Pero en algún momento, la protagonista cae en la cuenta -“me costó casi un año llegar hasta aquí”- de que, “después de todo no fue tan difícil cruzar esa calle” porque “todo depende de quién te espere al otro lado”. Y sí. Todo depende de eso. De manera que, cruzar una calle -da igual por qué lado-, puede  llegar a ser también lo más duro a lo que enfrentarse. Según quién espere. O peor aún, si no espera nadie.
 
Al terminar la película, me quedó una agradable sensación de tranquilidad. La que da saber que alguien ha encontrado lo que buscaba. Y además pensé que me habría gustado poder escribir una de las postales que envía Elizabeth a un amigo mientras viaja buscando lo que al final encuentra:
 
“Querido Jeremy, estos últimos días me han dado clases para no confiar en la gente, pero por suerte he suspendido. A veces utilizamos a otras personas como un espejo, para que nos definan y nos digan quiénes somos, y cada reflejo hace que me guste un poco más. Elizabeth”.
 
La diferencia es que yo no se la habría mandado a Jeremy. Y que habría firmado “Marta”.
 

Tierna y honda preocupación septiembre 5, 2009

Posted by Marta in Huidas, escapadas y otras cobardías.
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Que se encontraba mal, eso fue lo que dijo. Que había hecho un poco de arroz blanco, que no quedaba coca-cola en la nevera así que se había tomado media tónica con agua para ver si se le asentaba el estómago y que estaba echado en el sofá porque le daba pereza arrastrarse hasta la cama.
 
Su voz, al otro lado del teléfono, sonaba más tenue de lo habitual. Sí, es probable que se encontrara mal. Y además me pareció que no tenía ganas de hablar porque bostezaba continuamente. No tenía ganas de hablar conmigo ni con nadie. Al menos, eso es lo que pensé, quizá por no querer pensar que pudiera preferir estar jugando con la consola entre cucharada de arroz y trago de tónica o hablando con cualquier otra persona en lugar de hacerlo conmigo.
 
Sofía, tres años de vida, luz y color, se acercó a mí cuando cerré la tapa del teléfono móvil. La cerré con brusquedad y, tal vez, con cierta cara de mosqueo y, eso, le provocó curiosidad.
 
– ¿Qué pazó?
– Oh, nada, no pasa nada, Sofía
– ¿Estáz enojada vos?
– No.
– ¿No? ¿Ni un poquitito zólo?
– Sólo un poco triste
– ¿Y poqué trizte?
– Creo que está malito -obvié decir su nombre pero moví la mano en la que sujetaba el teléfono-
– ¿ X eztá malito? -puede que por un segundo olvidara que los niños son niños, ni tontos ni sordos ni tarados: niños-
– Oh, sí, X
– ¿Y ezo te pone trizte?
– Bueno, es que se encuentra mal y por eso, no tiene ganas de hablar conmigo. ¿Entiendes? Es como si… como si… Mario no quisiera jugar con vos porque le duele… la panza
– A Mario no le duele la panza y eztá jugando conmigo. Pero zi X no quiere hablar con vos, yo hablo con vos
– ¿Sí? ¿Y qué me cuentas?
 
Ya estaba oscuro. Las voces al otro lado del porche se fueron apagando poco a poco, dando las buenas noches, acostándose por goteo. El termómetro no había bajado ni un grado pero entraba un poco de brisa desde el puerto Cocodrilo y compensaba la temperatura del aire que, de tan alta, parecía hacerlo demasiado denso para respirar.
 
Le ayudé a trepar al murete donde estaba sentada y me contó de la escuelita, de su maestra y de sus amigos de clase, de cómo cuida a su hermana pequeña en los recreos. Me habló del campo, de los caballos, de los cursos de natación en la pileta.
 
Me señaló la luna creciente y las estrellas. Le expliqué dónde estaba la Osa Mayor pero no entendió por qué lleva ese nombre si tiene forma de carro y no es una osa. También dijo que su abuela está allá arriba, que le ve y que le cuida. Pero me explicó que no está en el cielo como cuando uno va en avión sino que se queda allí para siempre. Le contesté que entonces, seguro que ya habría conocido a la mía y que, ahora, las dos juntas, nos estarían mirando. Las dos abuelas divertidas, observando cómo conversábamos y -pensé- cómo Sofía me hacía olvidar por un rato que estaba triste porque… porque… ¿Es que antes acaso estaba triste por algo?
 
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