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Final sin final marzo 15, 2010

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Caminé por el borde, con los brazos en cruz, poniendo un pie detrás de otro, cuidadosamente, fingiendo una gran concentración para mantener el equilibrio. Pero las losas que rodean el estanque son lo suficientemente anchas como para poder correr alrededor sin ningún riesgo de caer al agua. Se reía, moviendo la cabeza. “Estás loca, no tienes remedio”. Sí, lo sé, lo estoy. Para qué iba a negarlo si tenía razón.

El guarda de seguridad me miraba de reojo; creo que dudaba si acercarse para llamarme la atención o dejarme hacer el payaso a mis anchas. Supongo que optó por lo segundo porque no había niños en la zona -no eran horas- ni, por tanto, riesgo alguno de que imitaran la idea peregrina que acababa de tener.

Salté al suelo; lo hice como cuando un equilibrista aterriza después de su vuelo, aunque no era necesario el artificio porque el reborde apenas levanta un palmo del piso. Y me esperaba ahí, con su sonrisa grande y los ojos brillantes, como si me acabara de jugar la vida a varios metros de altura, sobre una cuerda floja.


Fue la última tontería que le regalé. Me dio el gusto de seguirla como cualquier otra, como si faltaran muchas -infinitas- por llegar y compartir, tantas como había habido hasta entonces. Sin embargo, aquello sólo consistía en vivir la crónica de una despedida anunciada y, al fin y al cabo, queríamos hacerlo bien: no iba a resultar fácil, en absoluto; era necesario, lo era. Pero aunque no lo dijéramos en voz alta, ni queríamos que pareciera dramático ni que nos diera una excusa para autocompadecernos durante las siguientes semanas.

No sé por qué aquella noche todas las farolas estaban apagadas. También la iluminación del templo, curiosamente. No se veía apenas nada. Pero me hicieron un gran favor: ya que el calor sofocante del verano había desarmado mi habitual estrategia de pañuelo enrollado al cuello, parapeto de mi cara, la propia oscuridad se encargaba de esconderme si lo necesitaba.

A pesar del cielo negro y de la ausencia de luz, sabía que el parque estaba lleno: se escuchaban cien conversaciones simultáneas, risas, gritos, alboroto… Se oían pasos sobre la gravilla de los caminos. Imaginé gente sentada en la hierba, en corros, fumando y bebiendo; adiviné siluetas en los bancos. Paseamos un rato largo y nos acercamos hasta la barandilla del balcón que muestra Madrid hacia la casa de Campo: un mar de bombillas que se pierde en el horizonte.

Ahí nos quedamos. Una hora, una y media quizá. Algún comentario estúpido, una observación poco ingeniosa. A veces alzaba el brazo y señalaba: “allí, el Campo del Moro y allá, el Parque del Oeste”. O “ahí la M-30 y, si la cruzas, la Casa de Campo y al fondo, la universidad. Hacia ese lado, la carretera de Extremadura y hacia el otro, la de La Coruña, ¿te sitúas?”.
La verdad es que no, no me situaba en absoluto. Conozco el lugar, he estado en muchas ocasiones, también con otras personas, me lo han explicado mil veces. Pero en ese momento, no me situaba; en ese preciso instante, todos mis propósitos de entereza, valentía y firmeza se estaban desintegrando peligrosamente y los planes perfectos podían dejar de serlo en menos de un segundo. Por eso estábamos mejor casi en silencio y a oscuras. Separándonos poco a poco. Reduciendo la conversación a un escueto chorro de palabras sin sentido. Empezando a mirar en dirección opuesta, incluso fingiendo bostezos.


Ése fue el modo de ir soltando nudos, amarras, lastre, lazos. Y dolía tanto… Dolió tiempo después.


Supongo o, mejor, tengo la convicción -tal vez sólo sea ingenuidad- de que las cosas salen bien siempre aunque no sean como nos hubiera gustado que fueran. Es lo que pienso y también lo que pensé cuando nos despedimos, con un abrazo breve y torpe, tan distinto de cualquier otro. Aun así, lo habríamos alargado todo el tiempo posible, quizá el resto de la noche.


Pero no quisimos porque no tenía sentido hacer esperar a lo inevitable. Ya que iba a suceder, que sucediera y, así, nos diera la oportunidad de mirarnos una vez más a los ojos -la última-, corroborar que estábamos haciendo lo correcto y marcharnos con la certeza de que, lo que dejábamos atrás, sólo iba a quedar ahí temporalmente porque, quién sabe cuándo, nos reencontraremos en otro lugar, en otras circunstancias, y todo -tú, yo- estará en su lugar, donde debe estar.


[ Las fotografías se las debo a Rubén: me las prestó un día que fue por allí y sí había luz, porque la necesitaba.
Aprovechó para llevarse el templo consigo: fue el robo perfecto ]


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Comentarios»

1. J. - marzo 15, 2010

Espléndido, Marta.

2. Leyre - marzo 15, 2010

Precioso.

3. Futuro Bloguero - marzo 15, 2010

Bonito, como el templo de Debod.

Pena, los finales

4. Nodisparenalpianista - marzo 15, 2010

Ooooh.
Me encanta lo de las payasadas. Hay que hacer el payaso más a menudo o se nos comen los colores.

5. Dulcinea - marzo 16, 2010

Un texto estupendo. Un contenido muy complicado. Los finales sin final.

6. Marc Roig Tió - marzo 16, 2010

Qué genial lo has escrito.

7. Macca - marzo 16, 2010

Vinagre, sal y aceite para aliñar una ensalada. Mejor en ese orden. ¿Y cantidad? Poco vinagre; sal, la justa… y generoso el aceite. Sólo falta entonces un loco que te lo agite.

Final sin final= un arranque de juego “infantil” + un ligero ramalazo de ilusión adolescente + mucho sentido común o sensatez.

Lokita, ¡acabas de invitarnos a una ensalada perfecta! ;)

8. Esther - marzo 17, 2010

No nos conocemos, pero te leo y me gusta mucho, es muy limpio lo que leo.

9. PolloMoyo - marzo 22, 2010

No puedo imaginar, Marta, una mejor compañía para mis fotos que un texto tuyo.

Como siempre, genial. Sincero, personal y valiente. No es fácil…, y lo conseguiste.

Robé el templo. Un templo diferente. Sin voces. Sólo yo y su presencia. Y mis carencias. Un día entre semana. En mi Madrid. Y sí, Marta…, necesitaba su luz. La sigo necesitando.

Un placer compartirlo contigo y tus lectores.

Gracias. Por todo.

10. Maria Jesus - marzo 24, 2010

Bonito texto ¿Payasadas?, yo lo llamaría niñerías

11. Néstor - marzo 25, 2010

Uf… Prefiero las comas a los puntos y aparte.
PD: es un texto melancólico, de verano, de final de verano, nocturno, de despedida… Y está magistralmente descrito.

12. maria - marzo 26, 2010

un diez. A la historia, a las payasadas a la escritora, a su técnica, pero sobretodo a la forma en que se enfrentó a lo que se tenía que enfrentar!

pd-si!! soy yo!!! sigo viva….


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