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Magnitudes octubre 20, 2010

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Le gusta calcular los tempos. El ritmo de las personas. Los compases, las cadencias, los silencios. Las corcheas y las semicorcheas.

Mide las distancias: metros entre cuerpos, centímetros entre manos. Sonrisa corta, sonrisa larga; sonrisa cerrada, sonrisa abierta.

Es capaz de escuchar los latidos de mil corazones. El que se acelera, el que languidece. El que se detuvo para siempre y se convirtió en piedra. O los acorazados de ritmo metálico, que se amurallan para protegerse de cualquier cosa o de nada.

Puede reconocer en el aire el olor de la nostalgia. El del dolor, el de la pesadumbre. Pero prefiere el de la alegría o el de la serenidad. El de la primavera o el del entusiasmo por cada nuevo amanecer.

Sabe que mirar a los ojos es la forma más directa de ver el alma de otro. Pero también que cerrándolos se intuyen y conocen muchas más cosas de las que cualquiera puede imaginar. Por eso a veces es tan necesaria la luz y en cambio, otras, la oscuridad.

Y con ese peculiar sistema de medir la vida y la intensidad para apreciar cada detalle mantiene, en equilibrio, el mundo que le rodea, atando, con un hilo invisible, todas las cosas aparentemente lejanas para hacerlas cercanas. Sin que nadie lo note.

 

[ Del baúl de recuerdos, retales y reproches ]

 

Experimento octubre 7, 2010

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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No puedo seguir cerrando bares ni abriendo puertas detrás de las que no hay nadie. No puedo caminar siempre hacia delante mirando atrás constantemente. No puedo ser dulce si mi alma es angostura. No puedo soñar más si no consigo dormir algo.

No puedo superar obstáculos sin alguien que me ayude. No puedo aceptar ayuda sin mostrar mi debilidad. No puedo llorar porque no tengo lágrimas ni dar lo que no poseo ni ser lo que no soy.

No puedo demostrar nada, no puedo destacar ni pasar desapercibida. No puedo ser un cero a la izquierda ni un blanco perfecto. No puedo estar quieta, aunque no sepa si avanzo o retrocedo. No puedo moverme, cuando el miedo me atenaza el cuerpo.

No sé decir lo que siento. No sé cantar ni hacer sencillas las cosas complejas. No sé descargar peso de las espaldas encorvadas ni enderezar la mía, que se dobla inusitadamente, demasiado joven para claudicar.

No sé perdonar sin llevar la cuenta ni pasar por alto el menor de los defectos. No sé qué hacer con un corazón vacío de todo ni con el alma rebosante de nada. No sé hacer oídos sordos a palabras necias ni guardar para mí las hirientes, dardos afilados que siempre hacen diana.

No sé curar heridas. No sé aprender a hacerlo. No sé mirar al cielo ni abrir los ojos bajo el agua. No sé pisar un suelo firme por el que andar sin caer constantemente. No sé mantener el equilibrio ni sentir dolor por cada golpe. No sé reír como se ríe de verdad. No sé no fingir.

Y, sin embargo, cada mañana me levanto con aire triunfal por haber sido capaz de resistir un día más a pesar de que no me corra sangre en las venas ni fluya el aire en los pulmones… A pesar de que ni siquiera tenga vida en mi vida.


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