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Siempre. Nunca. abril 14, 2011

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Una tarde bonita, él le juró que “para siempre”. Pero pasó mucho tiempo y nada más. Cuando ella se cansó de esperar, buscó el significado en el diccionario, por si acaso no lo entendía bien.


siempre.

(Del lat. semper)


Leyó todas las acepciones y después, las locuciones.


para ~.

1. loc. adv. Por todo tiempo o por tiempo indefinido.


En ese momento fue cuando supuso que quizá tenía que haberle preguntado antes; cuando pensó que tal vez había precipitado la conclusión y ésta era errónea.


Pasó las páginas con cierta ansiedad.


indefinido, da.

(Del lat. indefinītus).

1. adj. No definido.

2. adj. Que no tiene término señalado o conocido.


Hasta entonces, “por todo tiempo” era la única explicación que “para siempre” tenía en su cabeza. O ¿acaso en su corazón?


Cerró el grueso tomo con un golpe seco y dejó caer su cuerpo menudo en el sillón. Se vio como una traidora de sí misma, como una engañadora. “Por tiempo indefinido”. Ésa era la explicación: “que no tiene término señalado o conocido”. No señalado o desconocido pero… que lo tiene o puede tenerlo.


Y ahí estaba el término, paseándose delante de sus ojos; pavoneándose -casi lo aventuraría-, con sonrisa maliciosa y mirada altiva. Escondió la cara entre las manos y se prometió que nunca, nunca volvería a ser tan estúpida.


Para quedarse tranquila, volvió una vez más al diccionario:


nunca.

(Del lat. nunquam).

1. adv. t. En ningún tiempo.

2. adv. t. Ninguna vez.


En esta ocasión había dado con la palabra exacta. Nunca. En ningún tiempo. Ninguna vez.


Con enchufe marzo 2, 2011

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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A quien pueda interesar:

No me pidió que escribiera una carta de recomendación pero le dije que podía hacerlo. Que quizá me sirviera además para desempolvar la pluma y la libreta. Y, por eso, lo intento sin saber si el resultado será bueno o un auténtico desastre.

Para evitar esto último, pienso en cuál será el mejor modo de redactar un puñado de líneas en tono positivo, huyendo de lo meramente descriptivo. El ojo ya radiografía con acierto al desconocido con solo mirarle. Si me conformara con eso, bastaría señalar que se trata de un varón caucásico, moreno, diría que mediado en la veintena y más cercano al metro ochenta que al setenta. Delgado pero fuerte y ancho de espalda.

Sin embargo no me conformo y, si alguien me pidiera referencias, le contaría cosas mucho más interesantes. Por ejemplo, empezaría por lo fácil: que es guapo y simpático. Que tiene una sonrisa preciosa y unos ojos muy brillantes. ¿Suena un poco superficial? No. También tiene una tendencia leve al pesimismo, moderada en momentos de crisis. En lo que a él respecta, por supuesto porque, si se trata de los demás, insuflaría vida a un muerto y ánimo al más alicaído con tal de izarle la moral.

Licenciado en una de sus pasiones y artista encubierto, se resiste, por una timidez también encubierta, a explotar sus capacidades: máquina de escribir, imaginación al poder, pies en la tierra, sueños de altos vuelos.

Corazón grande y alma universal. Y eso es más que mucho (y que muchos). Escritor en sentido amplio, lector avanzado, experto en cine (y variantes). Se ha quitado de deportista y de algunas otras aficiones aunque mantiene las capitales: familia, amigos… copas.

Nacido en la década de la “movida”, lleva en la sangre algo de “popero”. Voluntario omnipresente para apuntarse a un bombardeo, sin importar mucho la naturaleza. De costa y montaña, pueblo y ciudad, es experto en cerveza y amateur vinícola (apuesto a que esto último se le dará tan bien como aquello). Peso medio en el cuadrilátero de la rutina, ágil y rápido en el trabajo y en las respuestas; algo más remolón para saldar antiguas deudas -no hay que preocuparse, no me refiero a las económicas- y, seguro, para levantarse por la mañana.

La verdad es que se le da bien todo lo que se proponga. Aunque, como cualquiera, unas veces se propone más que otras. Lo obvio: tiene defectos, por supuesto. Pero no estoy escribiendo sobre eso, no es algo que me corresponda contar, compréndanlo. De todos modos, para ser sincera, no sé muchas cosas: no sé si prefiere la pasta o el arroz, ni si canta mal; no sé si le gusta el románico, el gótico o el barroco ni si elige el asiento del metro en función del sentido de la marcha. Creo recordar que no puede con el marisco pero obviemos el dato: nadie es perfecto.

En fin, lo importante: es un gran tipo. De verdad. De la cabeza a los pies: desde serio -en el mejor de los sentidos- hasta bandarra -en el mejor de los sentidos- pasando por caballero, divertido, elegante, modernillo, currante, un poco quejica, bastante más valiente de lo que piensa y menos egoísta de lo que cree. Y, por cierto, algo… “guay”.


De repente febrero 17, 2011

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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A veces, se confiesan pensamientos que han ido acumulando durante semanas. De repente y sin previo aviso, como una cascada incontenible de palabras. Con franqueza y sencillez. Nunca se molestan porque están acostumbradas y le sacan partido.


– ¿Sabes? Estoy contenta de que no aceptaras aquel trabajo en el extranjero. Era una gran oportunidad pero quedaba demasiado lejos. Y ahora estás más centrada. Ah, tenías toda la razón cuando me reñiste el otro día por cobarde; así no voy a ninguna parte, ya lo sé. Aunque también es verdad que últimamente estás demasiado susceptible. ¿Por qué no salimos un rato por ahí? Ahora mismo. Y hazme caso: no te tomes las cosas tan a pecho o terminarás con una úlcera


– ¿A mí me hablas de úlceras? Mira, guapa, más te valdría liberarte de tanta presión antes de que te dé… qué sé yo… un infarto. Vale, reconozco que algunas veces te ahogamos un poco con responsabilidades y confidencias… Oye, creo que te vino bien el cambio aunque al principio te esté costando adaptarte al trabajo. Y por cierto, me alegro de que al final no salieras con aquel chico. Tan serio, no te pegaba nada… Te habrías aburrido mucho. Y después del disgusto y del tiempo que ha pasado, ahora te ríes más; mucho más

 

A medias febrero 3, 2011

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Después de unas horas de charla intensa, recuperando el tiempo desde la última vez que hubo ocasión para una puesta al día en condiciones:

– ¿Y qué hay de Jorge?

– Mejor si no hablamos de Jorge…

– Entonces… dejamos la conversación a medias

– Soy yo la que se quedó a medias cuando se fue

– …

– …

Mueve la cortina que separa el sofá de la ventana

– Está cambiando el tiempo

– Parece que empieza a llover

– ¿Vamos a los columpios y, de paso, nos mojamos?

– No se me ocurre otra cosa mejor que hacer

21-XII. Payada de contrapunto. diciembre 21, 2010

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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Por la mañana, al despertarse, lo único que podía saber del día más corto del año, sí, el de la noche más larga, es que sería como cualquiera de los anteriores. Con una diferencia: que contaría con unos segundos menos de luz.


Una fría jornada de diciembre, lluviosa, húmeda y gris.


¿Unos segundos menos de luz? Una estupidez. En realidad, así, cualquiera de los anteriores -y probablemente de los próximos- podrían ser el día más corto del año.


Sin embargo, por lo demás, había adivinado cuando pensaba en mucho papel, horas de ordenador, el cursor parpadeando con descaro intermitente sobre un documento en blanco.


Un par de imprevistos de los habituales, prisas y carreras para llegar a tiempo: saltar charcos, driblar paraguas, cruzar la carretera con el semáforo en rojo.


El teléfono incandescente. Algún grito y también alguna palabra amable; un par de gestos feos y otro par de sonrisas, para compensar.


Nada nuevo. Nada nuevo bajo el sol -y una risa sarcástica- ¿Qué sol?


Por la noche, al acostarse, lo único que podía saber de la más larga del año, si, la del día más corto, es que sería como cualquiera de las anteriores. Sólo un elemento teórico de distinción: esos segundos más de oscuridad que promete el solsticio de invierno.



Al llegar a casa, no se siente diferente y al acostarse, lo hace con cierto pesar, el que le acompaña la última semana. Y una vez más, otra para no variar, analiza su incapacidad de afrontar lo que le escuece y le entristece.


Y abrazándose a la almohada, cierra los ojos apretando los párpados con fuerza porque quisiera pegarlos, fundir uno con otro y no tener que separarlos hasta que el mundo gire un poco más despacio. Y al hacerlo, al abrir los ojos, quisiera ver el sol entrando por la ventana, la vida tranquila caminando por las aceras y, serenamente, echar pie a tierra, abandonar la cama sin miedo y comenzar por el principio a arreglar lo que está mal, aunque no todo se haya estropeado por su culpa.


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