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Línea 2 Noviembre 6, 2009

Posted by Marta in Bilbao.
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El metro pronto cada mañana, camino de Barakaldo, por ejemplo. Los ojos pegados de sueño. Las caras largas y el silencio que dormita en los vagones al son del traqueteo. Pero algunas veces, se escucha una voz que rompe, insensata y alegre, el temprano rito viajero que encierra, inevitablemente, a las personas en un tren subterráneo, rumbo a donde sea.
 
- Aita, ¿cuánto se tarda en hacer los mil kilómetros a China si vas a cien por hora?
 
- Jon, es que China no está a mil kilómetros
 
- ¿Está menos cerca?
 
- No, qué va… Está mucho más… ehhh… Sí, bueno: menos cerca. Más lejos. Mucho
 
- ¿Mucho como el doble?
 
- No, mucho más que eso
 
- Entonces… ¿como a unos dos mil?
 
- No, Jontxu. A miles y miles y miles de kilómetros. Además, China es gigante. Depende de a qué parte quieras ir
 
- Jopé, aita. Pues a China. Si vas a Bilbao, vas a Bilbao ¿no? Pues si vas a China, vas a China
 

Alfiler Octubre 22, 2009

Posted by Marta in Saco sin fondo.
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“Hoy. Es la tercera vez que me cruzo con el chico rubio flaco de mirada azul de alfiler que clava sus ojos en mí sin ningún disimulo.
 
Nunca antes le había visto. No sé nada de él ni me importa quién es ni lo que hace.
 
Sin embargo, lo he notado. Que clava en mí su mirada de alfiler. Y me inquieta. No comprendo por qué siento que me pincha. Que me pincha muy adentro. Como si quisiera hacerme entender algo, algo que enterré una vez, algo que enterré una vez por no encontrarle explicación.
 
Quizá la razón de aquella caída. La que me obligó a poner los pies en tierra firme después de un vuelo alto. No sé qué falló. Sólo recuerdo el dolor que provocó aterrizar de emergencia en la realidad, la carne viva en que se quedó el corazón después del golpe, los rasponazos en mi fuselaje y la crudeza de verme abocada a seguir sin ti”.
      
[ Del baúl de recuerdos, retales y reproches ]
         
            

Visita y revancha Octubre 12, 2009

Posted by Marta in La vida misma.
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Algunas veces me viene ese día a la memoria. Cuando me revolvió el pelo.

 

Se rió y me revolvió el pelo. “Con ese corte, pareces una colegiala”. Bajó las escaleras delante de mí. Cuando le alcancé, yo le revolví el pelo. Pero no dije nada, no hacía falta.

 

Diez horas parecieron diez minutos o diez segundos y, sin embargo, nos dio tiempo a todo; después de tanto, no quedó nada pendiente. “Sólo una revancha a cara de perro” -dijo- porque le gané 5-1, no importa a qué.

 

 Y al final, “hasta pronto” no significó más que lo que significa. “Hasta pronto”.

 

 

[ La revancha cayó de su lado, después de un día estupendo, un poco de sidra, mucha cerveza, algunas otras cosas y una batalla campal: provocar la risa, el arma más eficaz para desestabilizar al "enemigo". Sonaba Fito casi todo el rato. Perdí 3-4. No me dejé ganar. De nuevo, "hasta pronto". Y así, sucesivamente, cada vez ]

 

Un reencuentro Septiembre 26, 2009

Posted by Marta in La vida misma.
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Entró en el despacho con la sonrisa encendida. Hacía mucho que no nos veíamos. Un abrazo largo y estrujadísimo, como siempre, desde que era una cría, sin tener en cuenta la diferencia de tamaño y fuerza.
 
 
- Qué bien hueles – dijo.
 
 
Me habría quedado un rato más así, como protegida de todo: del timbre del teléfono, de la prisa, de los vencimientos, de la prescripción asesina… Del mundo.
 
 
- ¡Qué alegría verte! – Y apretó un poco más.
 
A pesar de que la mañana era nubosa pareció que el sol había salido en mi oficina.
 
Recuerdo que fue lo mejor que me pasó aquella semana.
 
 

Cosas que aprendí Septiembre 18, 2009

Posted by Marta in Huidas, escapadas y otras cobardías.
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En ese viaje vimos tantos campos de girasoles… Campos tupidos, tapizados de amarillo intenso, brillante bajo el sol de final de agosto. Y le expliqué algunas de las cosas que aprendí hace poco, en otro viaje. Cosas sobre girasoles. Sobre pivotes centrales y otros sistemas de riego, sobre campos de trigo y cebada. Y también sobre cizaña y avena invasora.
 
 
Mientras le contaba de los girasoles, mi cabeza voló al lugar donde escuché por primera vez todas aquellas descripciones minuciosas y entusiasmadas de quien habla de lo que le sabe y le gusta. En mis botas de monte aún quedan, enredados entre los cordones -porque no quiero desprenderme de ellos-, algunos restos de las espigas de los campos en los que nos colamos. Yo con cierto temor a que apareciera el dueño y nos abroncara por pisarle parte de su futura cosecha. Él, tranquilo, hablando con pasión de lo que para mí no era más que una extensión de tierra plantada, seca, al borde de la siega.
 
  
- ¿Ves el trigo? -se agachó e hizo un gesto para que me agachara yo también- Fíjate, mira al ras. ¿Te das cuenta de que hay como una pelusa blanca que sobresale entre las espigas? Eso es avena. Si entre el trigo crece avena, ésta chupa del suelo lo que el trigo necesita para crecer. De manera que el trigo, para defenderse, toma todo lo que puede de la tierra con mucha rapidez. Pero entonces, después, la espiga es más pequeña y grana menos. Y claro, la cosecha es peor.
 
  
Seguí viajando por la memoria -no tan lejana, pensé, aunque me lo pareciera-. También vimos girasoles aquel día, todas esas cabezas amarillas mirando al sol sin pestañear.
 


FPC-TE
 
 
Pero en algunos campos:


 
- Echa un vistazo a aquellos. ¿A qué tienen mala pinta? Es por un hongo que les provoca rigidez e impide que crezcan. Se quedan así: pequeños, tiesos, raquíticos, no siguen al sol y apenas tienen pipas
 
 
Le dije:
 
 
- Es entonces cuando los agricultores siegan el campo de cosecha inservible, pican la planta y la utilizan para forraje
 
 
Me miró entre sorprendido y extrañado. Ahí sí le pude igualar el nivel y le conté. Le conté que cerca de la casa de los abuelos había campos de girasoles y que, de chicos, al caer las tardes de final de verano, íbamos a robar unas cabezas para sacarles las pipas y tostarlas al horno. Pero, en ocasiones, nos encontrábamos con alguna de esas plantaciones “enfermas”. Por supuesto, desconocíamos el “mildium” pero sabíamos que allí no estaba el botín que queríamos y que, Lino y Marina, los dueños de todo aquello, darían aquel fin a esa plantación.


Volví al lugar donde estaba sin haberme movido. Vimos tantos campos de girasoles en ese viaje… Y entre todos ellos, me pareció que dos se daban la espalda, evitándose, y tornaban la vista hacia el suelo, como deseando que sus raíces fueran los pies que necesitaban para huir de allí, uno del otro.